Tinta de agosto


Ya se sabe que, en teoría, el tiempo de verano, y de manera muy especial el dedicado al descanso, es ideal para que uno pueda acercarse de nuevo -en lo que atañe a la lectura- a los grandes clásicos. Sin embargo, cosa muy distinta es que después se cumpla lo previsto. Porque a casi todos cuantos amamos mucho los libros, y en particular la literatura, nos pasa lo mismo: que leemos hasta la extenuación cuando nos escasea el tiempo, y en cambio cuando las horas de ocio nos sobran no leemos tanto, o bien preferimos lecturas más ligeras. Paradojas del papel y la tinta, qué voy a contarles. Pero, volviendo a lo que iba, quería recomendarles, si me permiten la sugerencia, para leer estos días tomando café, en una terraza -en Ferrol, en Pontedeume, en Ortigueira, en Valdoviño, en Cedeira, en Ares, en Mondoñedo, en Mugardos o en cualquier otro rincón del paraíso...-, dos libros que tengo en estos momentos entre manos. El primero de esos libros, que creo estar releyendo ya por tercera o cuarta vez, es Asesinos sin rostro, de Henning Mankell, el gran autor sueco que convirtió la novela policíaca nórdica en algo verdaderamente extraordinario. Tusquets acaba de reeditar ese libro, en un formato bellísimo, en el marco de la colección con la que celebra su cincuentenario como casa editorial. Ideal para pasar la tarde. Si aceptan un consejo de amigo, háganme caso. Y el segundo libro, para mí un verdadero descubrimiento, es otra novela policíaca más, Los lobos de Praga, de ese Benjamin Black que en realidad se llama John Banville. ¡Qué historia tan bonita, amigos...! Una novela ambientada en la Praga de finales del siglo XVI, en la que todo eran grandes magias.

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