En la eternidad, una leyenda


Iba a decir que siempre estaremos en deuda con las personas a las que admiramos, porque hicieron que nuestras vidas fuesen mejores. Pero me parece que afirmar algo así sería generalizar en exceso, y por lo tanto una simpleza. Además, ¿quién es uno para hablar por otros, cuando ni siquiera es capaz de reconocer al espectro que lo mira desde el interior del espejo? Así que mejor será admitir que soy yo quien siempre estará (quien siempre estaré) en deuda con la gente a la que he admirado y admiro. En primer lugar, porque su ejemplo me ha ayudado a no rendirme. Y, en última instancia, porque sus logros me han hecho feliz. A mí, desde que era muy niño, siempre me pareció maravilloso ver hacer pan a mi abuelo materno, que se llamaba Ramón como yo y que había nacido en O Couce, un lugar que sin dejar de ser de Sillobre me parece que es, además, de Neda. Como me maravillaba, también, ver la perfección con la que trabajaba la madera mi abuelo paterno, que se llamaba Constante, que vivía en Magalofes y que era de esa Labrada en la que la Terra Chá comienza. Pero más allá del ámbito familiar, donde la admiración siempre se mezcla con el afecto -y dejando de lado el hecho de que estoy convencido de que pocos destinos puede haber más hermosos y nobles que ser un buen panadero o un buen carpintero-, quiero recordar que a quien más admiré de niño fue a Mariano Haro, que fue cuatro veces seguidas subcampeón mundial de campo a través y que corría con un valor sin límites. Con ese mismo valor que años más tarde mostraría también José Manuel Abascal, bronce en los 1.500 metros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles: el protagonista de una gesta que presencié de madrugada, en un pequeño televisor en blanco y negro, y que entonces, cuando intentaba reponerme poco a poco de una larga enfermedad, me dio una alegría inmensa. Por esa misma época, en la que la convalecencia me permitía leer día y noche, comencé a admirar, fascinado por La guerra del fin del mundo, por Los gozos y las sombras y por Vento Ferido, a Vargas Llosa, a Torrente y a Casares. Hoy admiro mucho a Basilio Losada. Y a Xaquín Marín. Y a Margarita Ledo. Y a Hornillos. Y a Darío Xohán Cabana. Y a Lobo Antunes. Y a doscientos o trescientos maestros más. Como admiraré siempre a Alejandro Gómez, que ahora habita la eternidad y ya es una leyenda.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Ferrol

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
16 votos
Comentarios

En la eternidad, una leyenda