Chovinismo


Ferrol

Los gallegos de mi generación, los ferrolanos lo somos a nuestra manera, hasta cierto punto esquiva y desdeñosa, como que sí pero no, crecimos acompañados de un mantra un tanto plañidero y de vindicación fláccida respecto del patrimonio común. Latía en el sentimiento del que brotaba la jaculatoria una floja confesión de impotencia revestida de agravio, para no infligirnos voluntariamente heridas que añadir a las cornás que ya da la vida. Si estirábamos las piernas una tarde por el valle del Castro, entre Neda y San Sadurniño, al pie del castillo de Narahío; si nos acercábamos al monasterio de la Virxe da Cela, en Monfero; sigan ustedes añadiendo ejemplos. Invariablemente, alguno de nuestros mayores, más temprano que tarde, habría de decirlo: si tuvieran esto los catalanes, en Inglaterra miman los castillos como jaspe pulido, los franceses sí que cuidan sus monumentos; agreguen lo que deseen a la plegaria lastimera. Bien, pues a pesar de todo lo dicho, ahí va mi cuarto a espadas al chovinismo patrio (pequeño): ¿Por qué los poderes públicos no persuaden a los propietarios de los taludes sobre los que crecen eucaliptos a mogollón en la margen izquierda de la carretera entre Valdoviño y Cedeira, especialmente en la ribera de la playa de Vilarrube? Retomando la cantinela de nuestros ancestros, en Vizcaya tienen otra joya semejante, Urdaibai, conservada entre algodones. Tal vez el río das Mestas no sea el Oka, ni la ola de Pantín sea la de Mundaka, pero me vengo arriba y reclamo un poco de sensibilidad paisajística, ahora que se demolieron las construcciones levantadas ilegalmente en la playa ¡Ay, si tuvieran los catalanes una ría como la de Cedeira!

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