En este preciso instante (cuando lean esto, quiero decir), ya irán de vuelta los Señores Reyes Magos, tras haber llenado de felicidad muchos corazones, entre los que ojalá estén también los de ustedes. Pero mientras yo escribo este artículo, don Melchor, don Gaspar y don Baltasar aún vienen de camino. Hace varias horas que se ha puesto ya el sol, y no dejo de preguntarme si Sus Majestades de Oriente van a llegar hasta aquí esta vez siguiendo la ruta de Poniente -tal vez a través de uno de los Caminos de Santiago que entran en Galicia por las tierras de Lugo, ya sea por el alto de O Cebreiro o atravesando el río Eo- , o si, por el contrario, lo harán por mar, sobre las aguas del Atlántico, tal vez desembarcando frente a la costa de San Andrés de Teixido -donde están las campanas que señalan los confines del Viejo Mundo-, para dirigirse después al interior del país por la Serra da Capelada, donde los caballos bravos están hechos de viento, como bien saben los poetas. Cunqueiro, que también era muy devoto de los Magos de Oriente, lamentaba que el diario de su viaje estuviese todavía «por escribir». Y tenía toda la razón, en ese caso. Pocos viajes puede haber más bellos, ¿no creen?, que el que todos los años llevan a cabo los Tres Reyes desde su lejano y maravilloso palacio, ese palacio que está en el Pensamiento de Dios, hasta aquí, hasta donde Europa comienza. Un viaje que pasa, y son algunos ejemplos, por As Pontes y por O Barqueiro, por Xuvia y por As Somozas, por Moeche y por Ares, por Valdoviño y por Fene, por Ferrol y por Ortigueira, y por San Sadurniño, Mugardos, A Capela, Pontedeume y Monfero. Como siempre ha sido. Y que así siga siendo siempre.