Una ofrenda


Pues sí señor: por extraño que parezca ya ha pasado otro año más, y hoy es el día de San Ramón, de nuevo. Do meu santiño, como tanto le gusta decir a mi amigo y tocayo Moncho Pernas. Ni que decir tiene que siento un gran cariño por San Ramón. Y no solo por la parte que me toca, que es obvia (tendré que comprarme algún regalo para celebrarlo), sino porque ya durante su paso por este mundo fue un personaje extraordinario. Fraile mercedario, vivió en el siglo XIII y se dedicó, como muchos de los hermanos de su orden, a liberar cautivos en el norte de África. Cuando se le acabó el dinero para los rescates se entregó como rehén a cambio de la liberación de un cristiano más, y mientras estaba cautivo fue torturado con especial crueldad. Incluso le atravesaron los labios con un hierro al rojo vivo para tratar de evitar que siguiese predicando. Finalmente, él mismo fue liberado por sus compañeros de orden. Al final de su vida, el Papa lo nombró cardenal, y murió mientras se dirigía a Roma para dar las gracias. San Ramón no es el patrono de Sillobre (ese honor le corresponde a Santa Marina), pero se le quiere mucho, allí. Tampoco es el patrono de Ferrol (lo es San Julián), pero el cielo se ilumina en su honor cada año. Y en Vilalba pasa otro tanto: la patrona es Santa María, pero la celebración del Día de San Ramón es legendaria. Pequeñas capillas a él dedicadas se las encuentra uno, en Galicia, en los lugares más insospechados. Pocos santos han arraigado con tanta fuerza en el corazón de los gallegos. Si recuerdo ahora la legendaria escultura de Asorey, casi no puedo evitar emocionarme. Si Dios quiere, hoy volveré a visitarlo. Un año le llevé unas figuritas de los Reyes Magos.

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