El misal

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL CIUDAD

22 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Uno de estos días festivos me entretuve curioseando los papeles viejos, documentos de la casa, libros antiguos, partijas y testamentos que, desde siempre, se guardan en la vieja cómoda de castaño que preside una sala de mi casa natal. Está atiborrada de papeles que tienen que ver con mis antepasados, como el misal de mi madre que encontré en uno de sus cinco grandes cajones. Como está muy deteriorado, lo traje conmigo a ver si encuentro a alguien que me lo restaure. Lo tengo aquí mismo, al lado del ordenador y no me queda más remedio que dedicarle este artículo. Es un misal antiguo, de papel Biblia y letra pequeña, con el que mi madre se manejaba muy bien. Yo la recuerdo, cada domingo, recogiendo en un aparador el velo y el misal para asistir a la misa de diez. Lo siguiente que recogía era a mí, que tenía que acompañarla y oír la misa a su lado, en la parte delantera de la iglesia, al lado de la imagen de san Roque con su perro. Así todos los domingos, desde mi primera comunión y mientras anduve de pantalón corto. Con once o doce años, con el cambio de pantalón, ya quedé eximido de sentarme a su lado, no de ir a misa, que ahora la seguía desde la tribuna, con los hombres.

Pero en aquella primera etapa de la infancia, el misal me sirvió de mucho. Mi madre, para que no me aburriese ni mirase continuamente para atrás, me lo dejaba y yo me entretenía con él estupendamente. Porque, entre otras muchas cuestiones litúrgicas de menos interés, una parte del libro estaba dedicada al santo que se honraba cada día del año, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, cuyo nombre era invocado en la misa correspondiente. Y había una breve biografía de cada uno de ellos, que yo leía con el mismo interés que le ponía a los tebeos de entonces. Además, cada historia llevaba un dibujo a plumilla con alguna escena ilustrativa de la vida del santo, que acentuaba la verosimilitud de lo que se leía. Y uno se encontraba con jóvenes doncellas que sufrieron martirio por defender su fe y su castidad, mujeres casadas y con hijos que murieron degolladas o descuartizadas por un toro por no renegar de su fe; santos varones que sufrieron prisión y todo tipo de tormentos por no renunciar a sus creencias? Aquello era un desfile dramático de héroes que me conmovían por su decisión y valentía. Y sobre todo, me ayudaban a pasar entretenidamente la media hora larga que duraba la misa de don Restituto. Pero el misal tenía para mi madre una función más importante: al lado del texto en latín que recitaba el cura, venía la traducción al castellano, lo que le permitía a ella entender lo que allí se estaba diciendo. Así que todo aquello, desde los kyries, los Dominus vobiscum, Gloria in excelsis Deo, etc., hasta el Ite, Missa est, mi madre lo seguía con mucha atención porque lo entendía.

Lo curiosos es que a mí me pasó justamente al revés: desde que el Concilio Vaticano II retiró el latín de la liturgia y empezamos a entender todo lo que dice el cura en la Misa, se me fue el interés que despierta lo misterioso y desconocido.

De pronto, desapareció el latín, y las casullas bordadas fueron sustituidas por jerséis de grano gordo, el canto gregoriano por guitarras ruidosas, el cura se puso a hablar de frente y no de espaldas, y todo fue ya distinto. A ver si restauro este misal y con él la ignorante inocencia de aquellos años.