Lo dicen, sobre todo, quienes añoran la ciudad desde la lejanía: Ferrol posee algunos de los cafés más hermosos del mundo. Cafés llenos de literatura, en los que, por cierto, sigue muy vivo el viejo arte de conversar y de ser amigos. Sin embargo, entre nosotros -donde Europa comienza-, esas cosas, y esto es solo un ejemplo entre mil, se escuchan bastante menos. Por no escucharse, ni siquiera se escucha decir demasiado que aquí sigue habiendo tantos lugares maravillosos que no alcanzaría una vida entera para conocerlos. Es como si nos faltase perspectiva para mirarnos a nosotros mismos. Y como si no nos gustasen los espejos. Quizás por eso nos costó tanto habitar la esperanza, darnos cuenta de que esta ciudad, como la tierra y el mar que la rodean, es un milagro que siempre ha caminado con la cabeza muy alta a través de la historia, superando -frente a esos malos augurios de los que es tan devota alguna gente- las peores adversidades. Ferrol no es una isla en tierra, como alguna vez hemos llegado a creer; sino, al igual que la Lisboa de los grandes poetas -hermana, a pesar de la distancia, frente al Poniente-, y como decía Cardoso Pires, una «ciudad que navega». Una ciudad que jamás se ha rendido Y eso es porque existen las personas como ustedes. Personas que, además, son las que hacen que cobren vida el papel y la tinta. Hoy, con olor a café, bajo la luz del invierno. Conviene recordarlo; y dar las gracias, por supuesto. Porque sin ustedes, que como Faulkner quería han sabido mantener vivos todos los grandes sueños para que no se borrasen del horizonte en ningún momento, aquí casi nada sería posible ahora. No hay cosa más cierta.