Los hilos del dolor

FERROL CIUDAD

HERCULÍNEAS | O |

26 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

UN luminoso silencio lo envolvía todo; al final del pasillo ella se asomaba a una noche que caminaba hacia la aurora. El cielo lo alumbraba una luna mutilada por alguien que le dio un mordisco y sobre la ría de O Burgo, navegando por mar hasta la costa de Ferrol, cientos de luces amarillentas. El paisaje bailaba en sus retinas y su mano sostenía el gotero, el hilo por donde bajaba la vida. Viéndola desvalida, envuelta en olor de hospital, volvió a la cabeza aquella frase: «El dolor es el hilo con el que Dios cose nuestra felicidad». Cuesta entenderla cuando la muerte siega gentes queridas, cuando la vida deja amigos a la intemperie, sin el abrigo de un cariño que parecía eterno, cuando faltan hilos para coser las heridas de las almas. De pronto llegaron respuestas llenando de luz la frase: la historia de Ángela y Severino, que tan bien contó Rosa Domínguez en estas páginas: el dolor de su accidente hilvanó la alegría navideña de toda la familia; luego, un viejo poeta, 70 años de nada, que en el amanecer de su aniversario de boda salió a recoger una rosa cubierta de rocío para regalársela a su mujer como muestra de amor: resbaló en el último escalón y acabó con once puntos de sutura en la cabeza, su cariño zurcido con los hilos del dolor y, a pesar de todo, feliz. manuel.rodriguez@lavoz.es