Perfil | Alfonso Clemente Poco amigo de los corrillos sociopolíticos, el gerente huye del compadreo y asegura que las peticiones de dimisión son las dificultades del día a día
05 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Sabe a ciencia cierta que a lo largo de los últimos cinco años han reclamado su cabeza reiteradamente. Lo sabe, lo cuenta y sigue hablando. Pausado y sin demasiados gestos, pero haciendo circular la sensación de que sus palabras no se las lleva el viento. De modales suaves y tono bajo, su discurso es repensado y suena contundente. Da la sensación de gastar nervios de acero y por eso resulta creíble cuando dice que no piensa atender las peticiones de dimisión. Eso, dice, son las dificultades del día a día. Amante de los retos profesionales, ha forjado curriculum de gestión en Barcelona, el Canalejo, el psiquiátrico de Ciempozuelos y el hospital de Ferrol, pero sonríe cuando se le inquiere sobre la utilidad de su experiencia en psiquiatría para enfrentarse al peculiar cosmos ourensano. Para esquivar, tal vez, esa preocupante afición provincial al compadreo, la recomendación y la palmadita en la espalda, Clemente ha huido como del diablo de los oscuros corrillos sociopolíticos. Simplemente, no está. Se le acusa de ser un gerente sin cara, de no dejarse ver, de hablar poco. Él prefiere jugar al despiste y salir por la puerta de atrás. Para aplicar más fácilmente, supongo, la política de la consellería. Fiel a Santiago y firmemente apoyado desde allí, permanece impertérrito ante las reiteradas operaciones de acoso y derribo, de un lado y de otro, con una y otra intención. Como si ese diario submundo no fuera con él. Da la sensación de que Clemente tiene claras varias cosas. Una de ellas es que la dicotomía ganador/perdedor acaba siempre en derrota. La otra, que el jefe de la producción no es el gerente sino el médico. Yo, asegura barnizando de humildad la contundente convicción verbal, sólo soy un conseguidor de recursos.