Mar de Cedeira


A pesar de la borrasca, que no se andaba con bromas, la mañana del jueves fue, para mí, muy hermosa. Estuve en Cedeira, conversando con alumnos del colegio Nicolás del Río sobre lo que son -y no son- las noticias, así como sobre el viejo oficio de contar historias. Y puedo asegurarles que hace tiempo que no mantenía una conversación tan enriquecedora. Uno va a estas cosas con la intención de hablarles a los niños, pero enseguida se da cuenta de que a ellos conviene, sobre todo, escucharlos. Los pequeños saben mirar mucho más lejos de lo que nosotros miramos. La luz de sus ojos es como la del amanecer, limpia y clara. Por eso su mirada es tan valiosa: porque no han perdido aún ni la curiosidad por los grandes milagros de cada día ni la capacidad de asombrarse ante lo extraordinario. Además, a menudo hacen gala de una lógica aplastante. Cuando les comentas que Gay Talese, uno de los más brillantes periodistas de todos los tiempos, se quedó muy sorprendido al ver que las hormigas habían llegado a lo más alto del Empire State, te preguntan si esos insectos minúsculos no habrían subido en el ascensor, «como todo el mundo». Si les hablas de la fuerza de la lluvia que trae consigo el temporal, te recuerdan -coincidiendo así con lo que decía Carlos Casares- que pocas cosas hay más agradables que dormirse, bien abrigado, oyendo llover tras los cristales. Y es maravilloso oírles decir, por ejemplo -como una de las pequeñas me comentaba-, que una verdadera noticia, en su opinión, es «lo que la gente necesita saber» para «no equivocarse». Tras conversar con ellos, antes de marchar, fui a ver el mar desde la playa. Me pareció aún más grande que antes.

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