Los grandes viajes

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

CEDEIRA

Dios nos libre de poner en cuestión las ventajas del noble entretenimiento de ver mundo, que entre otras cosas sirve para aprender que uno no tiene razón tantas veces como piensa y para darse cuenta, además, de que tampoco hace falta estar en posesión de la verdad constantemente. Pero sin llegar a los extremos de quienes dicen que las aventuras de las que guardan mejor recuerdo las vivieron sin moverse de sus casas, en las que decidieron quedarse leyendo, convendrán ustedes conmigo en que para hacer grandes viajes no es necesario ir muy lejos. ¿No sería un gran viaje, acaso, ir hoy mismo a San Andrés de Teixido, que como ha escrito el celtista Ramón Sainero es la puerta entre dos mundos? O acercarse a Caaveiro, por donde aún vuela el búho real. ¿Y qué me dicen de subir al monte Breamo, en cuya cumbre está la iglesia de la que Otero Pedrayo decía que no hay otros ábsides tan bellos como los que ella tiene? Muy hermoso es, en cualquiera de esos lugares, pasear tranquilamente a la espera de que, conforme la tarde va cayendo, se haga aún más grande el silencio. Porque entonces, cuando el día empieza a ser noche, el viajero, a poco que se lo proponga y sin necesidad de decir ni una sola palabra, olvidándose por un instante de todo lo que carece de importancia, comienza a escuchar, lejos del ruido, su verdadera voz. Esa voz, legada por quienes ahora son sombra y niebla, que nos invita a no rendirnos jamás, a caminar con la cabeza alta... y a no confundir con desgracias los meros contratiempos. Vayan, vayan. Merece la pena.