FUMAR mata. Vaya si mata. A más de 50.000 españoles al año. Y a otros varios que tienen el despiste y la mala costumbre de arrimarse a los que se pasan todo el día echando humo. Por eso, porque el tabaco mata, este Gobierno, que está volcado con los asuntos importantes y con lo que realmente le preocupa al parroquiano, ha iniciado una ofensiva sin precedentes por estas tierras. La ley contra el consumo del tabaco dio ayer un nuevo paso en el Congreso. Quiere esto decir que la señora Salgado, que para eso es la ministra a la que han encargado de velar por nuestra salud, y sus señorías, mantienen el empeño de que a partir del 1 de enero los fumadores cultiven sus vicios a escondidas. Agazapados detrás de un seto, encerrados en el váter, o amparados por la negrura de la noche. Como hacen cleptómanos, carteristas, ladronzuelos, algún que otro concejal, varios alcaldes y, en general, todas las gentes de mal vivir. Porque el tabaco mata y por eso hay que quitárselo a todos. Incluso a los que lo adoptan como forma de suicidio lento y placentero. El tabaco mata y eso trae de calle al Gobierno de un país en el que no existen otros motivos de muerte tan evidentes, tan controlables y tan combatibles. El tabaco destroza los pulmones, incluso los de quienes trabajan en industrias químicas, hulleras o nucleares. O los de los que residen adosados a centrales térmicas. Y no digamos el daño que les hace fumar a los que viven en los cinturones industriales de las grandes urbes. El tabaco es un peligro. Lo sabemos todos. Sin ir más lejos, ayer mismo los de Adena, que se pasan la vida protestando, nos descubrieron que la central de As Pontes está entre las diez más contaminantes de Europa. Debe de ser por lo que fuma. Como se entere este Gobierno la coloca detrás de una tapia.