Raúl, nuestro querido Raúl, es uno de los miles de autónomos que han tenido que cerrar su puesto y buscarse otra vida. Con él se va algo más que un frutero. También un símbolo. Trabajador infatigable desde niño, es ejemplo de tesón y servicio al cliente. Las dificultades no doblegaron su voluntad de superar los obstáculos que ponen en peligro la supervivencia de estos emprendedores que navegan solos contra corriente y sin salvavidas. Pero hoy Raúl abandonó el mercado. Los meses de inactividad, los costes fijos se dispararon —incluido el de un asalariado— y la inflación sin control de los últimos meses han hecho inviable la continuidad de su modesto negocio que, gracias al trabajo sin horario y a la calidad de la oferta, fue sustento de dos familias. Pero Raúl, y tantos miles de raúles (En Ferrol centenares) no tiene una ministra que se calce sus zapatos y se acerque a cualquier Merca a comprobar los horarios de fruteros, pescaderos, artesanos etc. y se interese por sus jornadas o por cuánto necesitan vender para pagar la Seguridad Social, los impuestos y el pan de cada día. Estos empresarios, pequeños pero queridos y necesarios, que sobreviven al filo del cierre, están solos. No tienen sindicatos, patronal ni activistas que agiten la calle en su defensa, ni un ministerio del autónomo que reparta millones con las cámaras por testigos. Estos vendedores, modestos y autónomos, viven en la realidad pura y dura, invisible desde la alfombra roja del poder. Y esa realidad no es fotogénica. Mi abrazo para los supervivientes. Ellos y sus productos son la sal de la cesta de la compra. Para los que no lo consiguieron solo puedo ofrecer mi solidaridad y la ventana de mi bitácora.