El germen

José Varela FAÍSCAS

FERROL

29 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La quiebra de la inocencia agrieta el caparazón protector y por las rendijas se filtra la luz del poscórtex. Si el humo del incienso, el acre olor de los cirios y la penumbra de las sacristías no lo nublan, se ilumina un mundo nuevo de causa-efecto. El fogonazo, que ya no cesará, se expande como un relámpago. Y se lleva por delante el animismo que daba vida a las candorosas casitas de gnomos que lo poblaban. Este tránsito hacia la pedestre realidad es, paradójicamente, un proceso prodigioso, y tan precioso que todas las sociedades iniciáticas lo acechan, barruntando su llegada, atentas para aprovechar el mejor momento y sembrar su tenebrosa semilla. Ciertamente no solo es la larga mano de la religión la que pugna por tan fértil espacio: muchas más sombras se afanan por valerse del trance para dejar su espora: todas saben que, con suerte, germinará y, bonsai o baobab, ahí enraizará. El trabajo posterior, conservación y mantenimiento, será sencillo: basta agitar el fantoche del miedo, y aun cuando el hormigón de la ciencia parezca haber marchitado la simiente, persistirá ¿Qué libertad de elección tiene un niño adoctrinado, con el inconsciente emponzoñado? La última novela de Claudia Piñeiro, Catedrales, está edificada sobre los escombros que deja una fe religiosa limpia e inconmovible en los dogmas católicos, probablemente similares a los de cualquier otra confesión jerarquizada y poderosa. El propio relato, recomendable como todos los de la autora argentina de raíces gallegas aunque este no sea el mejor de ellos, sucumbe a la concesión, quién sabe si porque el mercado editorial también tiene sus cánones y líneas rojas, más mercantiles que editoriales.