Recogimiento

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

21 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo peor que nos está dejando esta pandemia, aparte las muertes y el dolor de los hospitales, es la incomunicación social a la que nos obliga. Durante todo un año no pudimos reunirnos con familiares en festividades o celebraciones distendidas, ni con amigos alrededor de un café o una caña, ni hacer una vida social sin miedo ni recelos. El virus ha reducido nuestra forma de relacionarnos a las llamadas por teléfono o al mensaje de Whatsapp, por lo que, como esto se prolongue, acabaremos todos tratándonos de usted, con la confianza extraviada por la incomunicación.

Esta quiebra tan brusca en las relaciones sociales me recuerda a la que se produjo en mi pueblo a lo largo de mis años del bachillerato. Hasta los 10 años, las relaciones entre vecinos eran de una manera, y a los 17, cuando terminé el PREU, se había producido un cambio evidente, del que fui consciente y que me apena recordarlo. En los veranos de mi infancia, al final de la jornada, los vecinos, después de un día de trabajo intenso, como solían ser los de la Galicia interior, disfrutaban sin prisas del fresco del anochecer. Sacaban banquetas y sillas a las puertas de sus casas y mantenían entre ellos una tertulia plácida, hablando de las cosas de la vida. Mientras, los niños jugábamos al escondite por callejones cercanos, siempre mal iluminados. Las niñas saltaban a la cuerda mientras cantaban raras historias que, muchos años más tarde, supe que eran viejos romances. En el Romancero viejo encontré con algunas de aquellas canciones que aún conservaban el timbre alegre de sus voces infantiles. Después nos juntábamos y nos contábamos películas y cuentos de miedo que ganaban en intensidad cuanto mayor era la oscuridad de la noche… Seis o siete años más tarde, cuando empezaba mi juventud, me di cuenta de que algo importante se había quebrado en el pueblo. Ya no había niños que jugasen en la calle, ni mayores sentados a la puerta de sus casas. La televisión, recién llegada, los mantenía a todos pendientes de sus pantallas. El invento era tan novedoso, con películas que nunca habíamos podido ver en el cine, y con obras de teatro clásicas en aquel inolvidable espacio de «Estudio uno», que concitaba la atención de mayores y jóvenes, y que acabó eliminando aquellas amables tertulias nocturnas.

Pasaron los años y nos acostumbramos a regular la atención a los programas de televisión, que se podían, además, grabar con el nuevo invento tecnológico del vídeo, y ver lo que nos interesaba cuando nos convenía. Fueron los últimos veinte años del siglo pasado y los diez primeros de este una época muy «socializada», en la que la gente se acostumbró a acudir a conciertos, a conferencias, exposiciones, presentaciones de libros, etc., actos culturales que servían, también, para relacionarse y conocer gente. Pero también esto fue decayendo, hasta el punto de que hoy las conferencias clásicas se han convertido en un género prácticamente ya en desuso. A todo ello contribuyó en gran medida la enorme novedad de estos años: Internet y todos sus derivados y adyacentes, como son Youtube y las plataformas digitales.