Tenderos y tenderas

Nona I. Vilariño MI BITÁCORA

FERROL

Soy orgullosa hija de tenderos, profesión que parece en peligro de extinción. Pero su figura se agranda si nos acercamos a ellos con la curiosidad que exige un trabajo que va siendo residual, pero que ofrece, como pocos, la oportunidad de aprender de la experiencia de quienes llevan décadas luchando, reinventándose, resistiendo las crisis, que siempre sobrevuelan los cambios, sin que se les considere lo que son: bien de interés social.

En mi primer viaje a Londres descubrí decenas de tiendas que me enamoraron. Pequeñas o medianas, casi todas: un escaparate de productos presentados con arte y sensualidad. Pero les faltaba el encanto de la mayoría de nuestros tenderos (recuerdo que tendero es el que tiene una tienda): su disposición a detener el tiempo y «perderlo» con el que entra para comprar o, simplemente, mirar. Nada que ver con el frío y solitario comprar de hoy, que nunca debería sustituir al maravilloso ejercicio de hacerlo cara a cara que permite hablar sobre el producto o sobre el tiempo…

Y hoy, día después del 8 de marzo, mi especial recuerdo para miles de tenderas, entre ellas mi madre, pioneras de un feminismo sin reconocimiento. Porque fueron trabajadoras sin derechos; sin horario ni calendario y supieron conciliar con sus otros quehaceres y educar hijas que salieron al mundo desde su tienda, superando prejuicios y discriminaciones, para ganar la igualdad y la solidaridad con su causa.

Y porque aquí aún hay interesantes e increíbles tenderos, tenderas y tiendas, viajemos al día después del covid, cruzando el umbral de su puerta para protegerlas del olvido o de… la muerte.