En la lejanía, los días del paraíso


Entre los múltiples prodigios que solo están al alcance de la mirada de los niños se encuentra la visión del paraíso terrenal. Un paraíso que siempre está junto a las abuelas, como los poetas nos enseñan y como la memoria de nuestra propia infancia nos demuestra. Eso es así, doy fe de ello. Yo perdí a mi madre muy pronto. Tanto que ni siquiera soy capaz de recordar su voz, aunque a veces, soñando, me parece oírla a lo lejos. Y esas ausencias provocan un vacío que no puede llenarse jamás, una soledad que te envuelve para siempre. Pero pasé mi infancia en casa de mi abuela, que también era la casa de mi bisabuela. Las dos se llamaban como mi madre, Carmen, nombre que significa canto, pero también vergel. Y allí, en un lugar donde no faltaban ni los cuentos del lobo ni las historias de aparecidos ni los relatos de fantásticos seres que vivían bajo tierra, frente a las grandes piedras que habían servido de tumbas a los paganos cuando ni siquiera existía Roma, aprendí que los libros te permiten viajar a otros mundos, vivir otras vidas y detener el paso del tiempo. Como aprendí también que hay barcos que navegan por tierra firme en medio de la noche cuando los prados están cubiertos de niebla, y que el rostro de Dios se refleja en los ojos de los vencidos, y que el canto de los gallos tiene el poder de invocar al sol, y que cuando alguien hace sonar una caracola el mar viene a ti, aunque no lo veas, para desvelarte en sueños sus secretos. Allí todo olía a pan, junto al horno, al calor y a la luz del fuego; y a veces, en el tiempo de Entroido, en vísperas de la Cuaresma, entre las muchas máscaras que recorrían aquellos caminos con vocación de laberinto, aparecía, cabalgando una yegua de largas crines, y muy disfrazado para que nadie lo reconociese, algún príncipe de dos cabezas que quizás venía de la Torre de Caldaloba y que iba hacia el muelle de Perlío tras haber atravesado la Terra Chá y el Alto Eume (y también A Capela y Lavandeira), con la esperanza de ver surgir en el horizonte velas llegadas de reinos que ni siquiera existen. Extraños días, estos. Días de soledad en los que todo está lejos. Leo el Madrid (¡magnífico libro!) de Andrés Trapiello y El último duelo de Eric Jager. He encontrado una docena de rollos de película fotográfica sin revelar, pero no creo que llegue a revelarlos nunca: prefiero que conserven intacto, para siempre, todo su misterio.

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