La victoria sobre la soledad


Es curioso lo que nos pasa con algunos libros: los hemos leído muchas veces, pero volvemos a ellos con el interés del primer día. Parece que nunca acaban de decir lo mucho que contienen dentro, pues siempre encontramos algún guiño nuevo o nos suscitan alguna reflexión antes no percibida. Son esos libros que podemos llamar «clásicos»: nunca pierden actualidad. A mí me ocurre con varios, que tengo ya como entrañables compañeros en el mundo de la imaginación, pero muy buenos maestros para la vida real. Hoy quiero hablarles de uno de ellos, con el que me he reencontrado recientemente: se trata de Robinson Crusoe (del inglés Daniel Defoe, publicado en 1719), un libro que me gustó cuando era joven y que me sigue regalando buenos momentos después de tantos años. Lleva en la estantería de mi casa del pueblo desde la adolescencia, en una vieja edición de la colección de Grandes Éxitos Juveniles. Una de estas noches de lluvia y viento en que nos quedamos a dormir allí, dejé el libro que estaba leyendo en esos momentos, y rescaté de su sueño en la isla al admirable Robinson. La lluvia y el viento que azotaban el jardín, y cuyo ruido resonaba con solemnidad (como resonó siempre en esta casa grande), me incitaron a revivir aquellas tormentas tropicales que el célebre náufrago soportó en su isla desierta.

Lo curioso de Robinson Crusoe es que uno, de joven, lo lee como un libro de aventuras, que lo es, pero, de mayor, le encuentra otras dimensiones mucho más trascendentes. La historia ya conocida es la de un joven inglés de familia acomodada, en la segunda mitad del siglo XVII, predestinado por su padre para estudiante de Leyes, que, llevado por sus fantasías y un incontrolable espíritu aventurero, decide enrolarse en un barco y conocer mundo. Después de varias peripecias, un tremendo temporal provoca el naufragio de la embarcación y la muerte de toda la tripulación, excepto Robinson, el único que logra salvarse al alcanzar a nado en medio del mar bravío una isla en la que va a pasar nada menos que 27 años. No es capaz de situarla en el mapa, pero cree que debe de ser una isla caribeña. Y aquí, en un medio totalmente desconocido, empieza una dura lucha por la supervivencia. Acepta su desgracia como un castigo del Destino por desobedecer a su padre, y descubre la necesidad de un Dios que lo proteja, al que nunca dejará de encomendarse.

Ahora aprecio esa condición metafísica de Robinson, que va a ayudarle a mantener la esperanza, tan necesaria para vivir.

Y también hoy vuelvo a valorar la tenacidad en el enorme trabajo que lleva a cabo nuestro protagonista, que arribó a la isla solo y desnudo, y acabó convirtiéndola en un pequeño paraíso. Con lo que pudo ir rescatando del barco, encallado a unas pocas millas de la playa, Robinson Crusoe se hizo cazador, carpintero, agricultor, arquitecto, sastre, panadero…

Posiblemente fuese él, también, el inventor del bricolaje, pues aprende a hacer lo que necesita, y lo hace bien y con esmero. Es un ejemplo del trabajador polivalente y autosuficiente que aplica a cada faena el rigor, la razón y la lógica. Y nos enseña cómo se puede llenar de vida la soledad más absoluta, perdido sin saber siquiera dónde. Tan excelente es su trabajo y tan ordenada su vida en libertad, que cuando aparece el barco que lo va a devolver a Inglaterra, los lectores lo consideramos un intruso improcedente, y hasta nos da pena que Robinson se marche y abandone toda su gran obra de veintisiete años de soledad.

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