Arcos y flechas


Vaya, hombre. Ahora me entero de que la madera idónea para construir arcos de flechas es la de arce, la de fresno o la de cedro. Si hace más de sesenta años alguien me lo hubiera dicho, me habría entrado risita de suficiencia. Por entonces, hasta los más pequeños de la calle de Ínsua, en Canido, conocían que no había vara que se comparase a la que denominábamos acacia brava si lo que se quería era que el arco lanzase su flecha lejos, muy lejos. Cualquiera entre nosotros sabía eso. Era un conocimiento tribal empírico. Cuando las mimosas amarilleaban más allá de A Malata, que lo hacían con vigor y tanta prisa que no dejaban que el invierno se despidiese educadamente, se organizaban las partidas hasta la Feira do Dous, los Corrales, Vilasanche y Montecoruto, en la procura de las ramas más rectas y homogéneas de las acacias. El proceso de secado variaba según la impaciencia, pero no pasaba de Semana Santa o del verano. No era menor el trabajo de afinado de la parte más gruesa de la vara, siempre por la cara interior; una labor que, a navaja, consumía su tiempo. La fibra de la parte externa debía quedar entera, para evitar que astillase al curvar el arco. En fin, que cuando cavilaba sobre cómo adiestrar a mi nieta Mariña, que ya dispara con el tirabalas (¿quién fue el cursi que inventó lo de tirachinas?) mejor que David con su honda, en los secretos del tiro con arco, me entero de que la acacia no está en la lista de madera óptima. A buenas horas. Menos mal que todavía nadie me apeó de que no hay mejor nudo para sujetar la cuerda en la muesca que el as de guía. Ni de que las plumas ideales para las flechas son las remeras de paloma torcaz, nuestro pombo.

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