Los mitos no envejecen


En estas fechas tristes, en las que nuestras preocupaciones diarias se centran en restricciones y confinamientos por causa del coronavirus («el rayo que no cesa» diría Miguel Hernández), voy a hablarles de un tema más liviano y agradable, que, además, nos remonta a unos buenos recuerdos.

La semana pasada le fue entregada la Espiga de Honor de la Seminci (Valladolid) a la actriz Charo López. Estas líneas quieren ser un personal homenaje a la gran profesional que fue y sigue siendo esta mujer que ayudó a traer la modernidad a nuestro país. Porque el presente de Charo López, como persona y como actriz, estará siempre enaltecido por su pasado, pues para muchos jóvenes de mi generación, fue el ejemplo de la mujer atrevida y desenfadada que irrumpía espectacularmente en aquella España devota y ñoña de mediados de los 60. Su belleza era rotunda, pero cercana, entre la serenidad de la mujer castellana y la perfección de las Venus de Grecia. Hasta que apareció ella en las pantallas, el modelo ideal, pero inaccesible, eran esas chicas rubias extranjeras que venían a tomar el sol a nuestras playas, montadas en una bicicleta con cestito en el manillar, en el que llevaban un escueto biquini y un libro de Albert Camus.

Charo López fue un caso distinto. Desde que la descubrimos en el cine, la empezamos a ver como una chica de las nuestras, guapísima, pero mucho más próxima. No sólo por su belleza tan personal y fascinante, sino por su forma de ser y su personalidad, no dejaba indiferente a nadie. Ella lo sabía, pero no quería darse por enterada. La naturaleza le había regalado una belleza explosiva, muy personal, con el perfil de las monedas romanas.

Ya cuando era una chica en su Salamanca natal, al cruzar la Plaza Mayor camino de la Facultad de Filosofía y Letras, en la que estudiaba, se hacía un silencio expectante en las tertulias masculinas de las terrazas. Viene luego su traslado a Madrid, y su aparición en las pantallas encandiló desde el primer momento a todo tipo de público, incluido el femenino. Era una mujer joven y atractiva, muy distinta a las folklóricas españolas que veíamos en la televisión o en el cine. Pero no era sólo su cara y su figura lo que impresionaba. Era, sobre todo, su desenvoltura, su naturalidad, su descaro para vivir la vida y su apuesta por la libertad. Con ella nacía la nueva mujer española. Ese fue su mayor mérito. Trabajó con los mejores directores del momento e interpretó papeles inolvidables, en películas y en series televisivas, como en Fortunata y Jacinta, La colmena, Los gozos y las sombras, o Secretos del corazón.

Conocí y traté a Charo López en el 2010, cuando la invitamos a Ferrol con motivo del centenario de Torrente Ballester. No me encontré a aquella fascinante Clara Aldán, de Los gozos y las sombras, sino a una mujer madura, de belleza sosegada, muy alejada del papel de diva que tampoco quiso ser nunca, aunque su enorme popularidad nos lo hiciese creer. Estuvo amable y simpática con todos cuantos se acercaron a ella y se mostró encantada de estar en la ciudad de Torrente Ballester, su gran valedor (y primer admirador) para la interpretación de un personaje tan a su medida como Clara Aldán.

No era, lógicamente, aquella belleza que recordábamos de sus películas, pero la sala abarrotada de la Fundación Caixa Galicia se rindió pronto a sus otros encantos más duraderos e importantes, empezando por su sencillez y su sólida personalidad. Es que los mitos no envejecen nunca.

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