Nadal de mi vida


Ferrol

La Selección Española de Fútbol ganó su primer mundial hace diez años. El gran Camacho comentó el partido, que España seguía con el corazón en un puño (0-0). Y... ¡GOOL!. Su espontáneo grito: ¡Iniesta de mi vida! quedó grabado para siempre en nuestro corazón colectivo. Y hoy suena como himno cuando algún deportista protagoniza una acción para la «gloria».

El domingo ese grito voló hasta París sobre el cielo de España para acompañar al deportista más grande que parió madre. Y trocó en ¡Nadal de mi vida! como himno de esperanza. No solo por la victoria, sino por el mensaje. El Rafa que admiramos, el que está en el universo de los afectos más entrañables es, más que el ganador, el símbolo de valores que perdimos o iniciamos la deriva de perder. Hijo del esfuerzo; de la lucha contra la adversidad; del respeto al adversario; de la entrega a la tarea (así lo ha dicho literalmente) de acudir al entrenamiento con el propósito de mejorar cada día. Y, sobre todo, el Nadal que nos arranca una lágrima cuando se mete en nuestros corazones al decirnos que lo más valioso de su victoria es que sirva para llevar un poco de entretenimiento y alegría a los que sufren. Porque hoy la tarea más importante es recuperar la salud y la dinámica de la economía de una España que, huérfana de liderazgos políticos que nos dignifiquen, observa la soberbia y la impostura de los gobernantes y las contrapone a la humildad de un Nadal capaz de sentir con y cómo el que teme perder hasta la vida… Y busqué, en mi bitácora secreta, al Nadal, aún más grande, el de la derrota. Allí está escrita su próxima victoria…

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