Indiferencia


Ferrol

Este año el silencio se adueñará del espacio en las fiestas patronales, huérfano del estallido de la cohetería disparada desde los palenques hincados cerca de los iglesarios. Para algunos puede ser la magra cara positiva de la pandemia. Hace algún tiempo una asociación de bienintencionados ciudadanos tuvo la iniciativa de solicitar que se pusiese término a este consuetudinario bombardeo porque alteraba el sosiego de sus mascotas. Nada se decía entonces, si no marra mi memoria, de los vecinos enfermos, los ancianos, los insomnes, los alérgicos al ruido o los ciudadanos que se sienten agredidos por el estruendo. No. La paz de los canes, primero. Más recientemente, pude leer en este periódico que el Seprona investigaba a un indigente mugardés por el descuido en el que tenía a sus animales. La noticia no era, y esta vez no me falla la memoria, que la Guardia Civil investigaba al Ayuntamiento de Mugardos (o a los servicios sociales de la Diputación o de la Xunta) por el estado de abandono en el que se encontraba un vecino. No. El bienestar de sus vacas, primero. Es vieja también la pretensión de un colectivo ciudadano de reservar una playa en exclusiva para los chuchos. Cuando lo logren, porque es cuestión de tiempo, los canes nos adelantarán por el lado de los derechos cívicos: tendrán un arenal solo para ellos, mientras sus amantísimos propietarios también los ceibarán por cuanta playa hay, con la tolerancia de los ayuntamientos. Y entretanto observamos todo esto con una indiferencia que ya se confunde con la complicidad. Pero, en fin, así somos: votamos lo que votamos y después queremos más médicos, más maestros y más pensiones: sorber y soplar.

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