Y el mariscal


Mi amigo Julio López Allegue, Julio de Remedios, gran experto en toda clases de árboles frutales y excelente campanero, y que además es un apicultor de mucho mérito, me llama para celebrar, aunque sea a través del teléfono -lleva ya unos cuantos meses fuera de Galicia-, el Día Mundial de las Abejas, que es la jornada en la que se les rinde tributo a unos de los más maravillosos seres del Reino de la Naturaleza. Unos seres, todo sea dicho de paso, que han fascinado a un sinnúmero de escritores, desde a Carlos Casares hasta a Maurice Maeterlinck. Me insiste Julio en que no olvide, ahora que ya se acerca el verano, que tenemos que ir, como cada año, a llevarle unas velas a San Ramón, a O Meu Santiño. Y yo le digo que, por supuesto, bien me acuerdo. A San Ramón, cuya fiesta, como nadie ignora, se celebra el último día de agosto, una vez le llevamos, incluso, tres figuras de los Reyes Magos de Oriente, con sus correspondientes dromedarios. Y eso debió de ser del agrado tanto de Don Melchor, Don Gaspar y Don Baltasar como del propio San Ramón, puesto que poco después tanto Julio de Remedios como nuestro amigo Logh Itoh aparecieron en una novela junto a los Monarcas de Oriente, que en esas páginas le hacían entrega del manuscrito del Quijote a otro amigo nuestro más: a don Enrique Cal Pardo, deán de la catedral mindoniense y uno de los mejores medievalistas gallegos, que ahora ya vive al otro lado del río, donde la Luz Eterna. Don Enrique, por cierto, era de la parroquia de Galdo, en tierra de Viveiro. Mucho me gustaba preguntarle dónde está la tumba del mariscal Pardo de Cela, para que me lo volviese a contar. Las grandes historias siempre son nuevas.

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