Los ferrolanos erigimos en golosina totémica el arroz con leche. A este simple postre le sucede lo que a otras sencilleces culinarias como una caldeirada de pinto o una tortilla de patata: son más elementales que fáciles. José María Castroviejo dice en Viaje por los montes y chimeneas de Galicia, una delicia escrita mano a mano con Cunqueiro, refiriéndose a la caza de la becacina, que para no errar el tiro hay que collerlle o xeito. Eso reclaman estos platos. La fase más fatigosa de la elaboración del arroz con leche -alejen de mi, para esto, los robots de cocina- es el interminable remover con una cuchara de madera a fuego medio-bajo hasta alcanzar la cremosidad deseada (tal que una bechamel de excelencia, pero más bregada). Sólo cuando la consistencia del postre es la idónea, se agrega el azúcar según el dulzor deseado. Es esta la fase más grata y menos comprometida: basta ir añadiendo y probando. Aquí no falla nadie. En esta pandemia que estamos cocinando, algunos husmean ya el final del fatigoso removido y la cercanía del capítulo del azúcar. Por eso es ahora cuando la derecha y los nacionalistas quieren para sí la parte dulce del pastel: el levantamiento de las restricciones. Primero, mientras el Gobierno sudaba batiendo y batiendo, derecha y nacionalistas silbaban y le daban consejos: ahora, más; ahora, menos (como los invitados a un asado campero que llegan dos horas después de prendida la lumbre y con apetito: más rápido, más lento, otra vuelta, menos brasa… ¿les suena?). Pues ahora, la derecha y los nacionalistas quieren ser ellos los que echan el azúcar al arroz con leche. A semejante tropa, ni José María Castroviejo le collería o xeito.