Aprender de la historia


Acabo de leer un libro que no se puede cerrar sin decir algo sobre él. Contiene nueve relatos basados en otros tantos episodios verídicos de nuestra guerra civil. Se titula A sangre y fuego. Su autor es Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944), periodista que al comienzo de la guerra era el director del periódico madrileño Ahora. Él se definió como «republicano, demócrata y liberal». Se marchó con el gobierno a Valencia y luego se exilió en Londres, en donde murió sin poder volver a España. Es un libro, por tanto, sobre la guerra civil, y los hechos narrados tuvieron lugar en 1936 y 1937. Pero no es uno más. Aparte de la calidad literaria, el libro está escrito por un hombre justo, que no se casa con nadie, que cuenta los hechos con una absoluta objetividad, con una equidistancia nunca vista en obras sobre este tema. Hay héroes en los dos bandos, lo mismo que traidores y cobardes, como en la vida misma. Y todo contado desde la compasión por los que sufren, y con la pena de ver cómo se desangra un país, cómo el odio y el fanatismo lo destruye. Un libro que debiera de ser obligatorio para todo aquel que hable en público de la guerra civil. Es Memoria Histórica de la buena, lúcida y educativa.

Al acabar su lectura, me acordé de un vecino del pueblo, amigo de mi abuelo, al que le oí contar su experiencia de la guerra, que podría ser muy bien un episodio más de este libro. Contaba cómo había hecho el servicio militar en Logroño, de cocinero, y que se licenció en 1932. Se fue a Madrid, encontró trabajo en el Mercado Central, y se afilió a la CNT. Estalla la guerra y el sindicato le encarga formar una brigada de diez hombres para custodiar depósitos de víveres, y lo nombran sargento. Dos actuaciones valerosas le valen para que el general Lukcas lo ascienda a teniente de Intendencia, y lo incorpore a la XII Brigada Internacional. Con ella recorre todos los frentes de guerra, siempre desde su puesto de intendente. Preparó comidas y reuniones en sitios improvisados para los generales más significados, entre ellos el paisano Enrique Líster, con el que habló muchas veces en esas ocasiones. Contaba los detalles con tal precisión, que podíamos seguir detalladamente cada episodio. Lo hacía con naturalidad, incluso con bondad, sin una mala palabra que dejase asomar algún resquemor. Y llegamos al episodio bélico final, cuando a punto de entrar en Francia por Port-Bou, el camión cargado de comida y utillaje en el que viajaba es alcanzado y luego destruido por la aviación franquista. Él logra cruzar la frontera a pie, descalzo y sin un solo documento que lo identifique. Su mochila había volado con el camión. Campo de concentración en Francia, devolución a España, prisionero en Bilbao… Desde allí pidieron informes al cura del pueblo (que fueron buenos), y el capitán castrense le gestiona ante el tribunal militar su libertad. En 1945 regresó como pudo a su casa, en donde le esperaban sus padres, la mujer y un hijo, con la obligación de presentarse cada 15 días en el cuartel de la Guardia Civil...

Toda esta confesión se había suscitado porque, ateniéndose a una ley reciente, había reclamado que se le reconociese la pensión a la que tenía derecho como oficial del ejército republicano durante la guerra. Temía que no se la concediesen porque no podía demostrar su graduación de teniente. Los testigos habían muerto todos. Manuel falleció en 1993, nueve años después de esta conversación. Nunca llegó a cobrar la pensión.

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