Las cifras varían, claro, y en estos casos los datos que manejan las distintas administraciones públicas y las organizaciones humanitarias no siempre coinciden. Pero a estas alturas parece evidente que en España hay más de 40.000 personas sin hogar, y que solo en Ferrol ya son alrededor de ochenta. Un verdadero desastre. Y miren, esto que yo les digo no pasa de ser una opinión particular, y por lo tanto no tiene más valor que ese, pero a mí me parece que el éxito o el fracaso de una sociedad se mide, sobre todo, por cómo se comporta con los más débiles. El mero hecho de que una sola persona duerma en la calle, a menudo con el único abrigo de unos cartones, y con frecuencia rodeada de basura, a mí me parece un crimen contra la humanidad entera. Habrá quien diga que eso es inevitable, e incluso que (al menos en un cierto porcentaje) hay personas que prefieren pasar la noche así a hacerlo en un albergue. Pero permítanme que lo ponga en duda. La exclusión social no es una opción. Es una herida por la que sangra un país entero. Hay que escuchar, hay que acoger, hay que saber ponerse en el lugar de quienes nada tienen, como repiten una y otra vez los voluntarios y los técnicos que desarrollan su labor en Cáritas. Sé que son muchas las entidades que luchan en España contra la pobreza, y vayan desde aquí mi reconocimiento y mi admiración para todas ellas, pero hoy les hablo sobre todo de Cáritas porque su labor es la que mejor conozco, y jamás deja de conmoverme. Cáritas combate sin descanso contra la soledad, el dolor, la marginación y la miseria, llevando ayuda y afecto a donde más se necesitan. Sin rendirse jamás. El suyo es un mensaje de esperanza siempre.