Sentido común


No sé qué manía le entró últimamente a alguna gente con los gallos, pues cada día leemos en la prensa algo nuevo sobre ellos. Y no precisamente elogioso. Un día nos enteramos de que un grupo radical los acusa de violadores de gallinas y de machistas prepotentes. Como si ellos tuvieran culpa de que sus genes milenarios los empujen a cubrir a las gallinas para que no se extinga la especie. Así de sencillo.

Lo de este grupo inquisidor es tan exagerado que acaba convirtiéndose en un disparate. Pero también son atacados por otros flancos, como es el caso que quiero comentar, el de unos urbanitas desinformados, que llevaron ante el juzgado de lo Penal de Roquefort (Francia) a la dueña de un gallo porque este los despertaba al amanecer con sus cantos, que es la costumbre ancestral con que los gallos, los franceses y los de todo el mundo, saludan al nuevo día. Resulta que estos vecinos que van a pasar el fin de semana a su segunda residencia en el campo se sienten agraviados porque el canto madrugador del gallo les impide relajarse y dormir a pierna suelta en su vivienda rural. El juez de este tribunal acaba de darnos, con su sentencia, una gran alegría a todos los que creemos aún en el sentido común de la Justicia: absolvió a la dueña y ratifica el derecho incuestionable del gallo Maurice (que así se llama el animal) a cantar cuando le dé la gana. Se ve que Francia fue la tierra exportadora de la Razón a través de sus enciclopedistas del Siglo de las Luces. Es muy probable que otro juez de cualquier país, incluido alguno de España, sentenciase al gallo a acabar en un guiso suculento. Por algo esto pasa en Francia y no en otro sitio.

Porque la sentencia, además de respetar los derechos ancestrales de los gallos, va más allá: condena a los demandantes a pagar a su propietaria 1.000 euros por los daños ocasionados, y lo que es mucho más importante: protege expresamente los ruidos que puedan generar los animales que viven desde siempre en el campo. Es su hábitat natural, así que las ranas, los grillos, los perros, pájaros y demás fauna tienen todo el derecho a manifestar su presencia como han hecho desde que el mundo es mundo. Y si esto les molesta a los nuevos veraneantes que buscan no saben bien qué, pues peor para ellos, porque no están apreciando lo que, precisamente, le da al campo su personalidad y su carácter idílico. La modernidad, confundida con el esnobismo, no tiene ningún derecho a acabar con los viejos sonidos que la Naturaleza supo administrar siempre. Y es un riesgo al que estamos expuestos: el mundo digital y estereofónico en el que vivimos, no puede hacernos olvidar la voz del sereno en las calles de madrugada, ni el llamador de hierro con el que llamábamos al piso del amigo, ni las campanas de la iglesia que iban con facilidad del tono festivo al lúgubre, según fuera el motivo por el que repicaban. Ni el golpeo tenaz del cantero que cincela con paciencia la piedra de una casa en construcción o el golpeo del carpintero que ya está ajustando el tejado; o el ladrido de un perro que se aburre en la monotonía de la tarde, o el rebuzno del burro del panadero, que era la forma consensuada con su dueño para avisar al vecindario de que ya estaba allí el pan fresco…

Por todo ello, el caso del gallo Maurice me reconforta y me conserva la fe en los jueces y también en personas como la propietaria, que defendió con dignidad el derecho de su gallo a cantar, y de paso, a montar a sus gallinas.

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