Leales amigos


Estaba acordándome yo ahora mismo, no sé por qué, mientras se va poniendo el sol en esta Última Bretaña y el castillo de Nogueirosa -al que a mí siempre me gustó llamarle de Andrade- aguarda por la luna, allá en lo alto, de la edición de los Encuentros de Verines dedicada a Cervantes en el 2016, coincidiendo con el cuarto centenario de la muerte del autor del Quijote. Un encuentro en el que escritores como Ana Merino, Gustavo Martín Garzo, Manuel Vilas, Jordi Gracia o Luis García Jambrina dejaron constancia de hasta qué punto el Ingenioso Hidalgo sigue estando extraordinariamente vivo (quizás, incluso, más vivo que nunca), a pesar de haber fallecido hace ya tantos años. Yo había ido hasta allí, hasta donde se dan la mano Asturias y Cantabria, en el tren de la costa -siempre que me invitaron a participar en los Encuentros de Verines, salvo en una ocasión en la que me desplacé hasta allí en coche, viajé en ese tren, que atraviesa paisajes absolutamente maravillosos desde que sale de Ferrol-, en un vagón en el que si mal no recuerdo me quedaron olvidados un ejemplar de la biografía de Cervantes escrita por el propio Jordi Gracia y otro de La Regenta de Clarín, novela que tanto me gusta releer cada vez que paso o voy a pasar por Oviedo. Carlos Casares, verdadera alma de los Encuentros de Verines hasta que marchó a lo que nosotros llamamos muerte, conocía muy bien no solo la obra de Clarín, sino también cuantos sucesos rodearon su escritura. Y lo mismo le sucedía a Ramiro Fonte, todo sea dicho de paso. Es curioso cómo nos hermana el amor a los grandes libros, leales amigos hechos de tinta y papel. Todos estamos muy en deuda con Cervantes.

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