Tenacidad y nostalgia


Ferrol

Hoy tengo una cita con la tradición y con mi familia: el primer domingo de julio es fiesta en mi pueblo. Un día distinto, que viene de lejos, nada menos que de la segunda mitad del siglo XIX. En mi casa se celebró siempre, salvo los años de luto por la muerte de algún familiar. Era un día de alegría colectiva: empezaba el verano, estrenábamos zapatos y ropa nueva, los mayores se arreglaban y parecían más jóvenes, y los vecinos lo disfrutaban con esa alegría natural de la gente sencilla. Las fiestas venían a ser un par de días de ocio, descanso y diversión, en una época en que no había vacaciones. Los tiempos han cambiado, pero, por suerte, hay cosas que siguen en su sitio, como la buena costumbre de mi familia de reunirse este día para comer, hablar de nuestras cosas, interesarse por unos y por otros, y, en definitiva, pasar una jornada agradable con la gente que comparte nuestros afectos.

Este año falta el tío Pepe, el último de la generación de nuestros padres y tíos. Pero hace ya tiempo que el relevo lo van recogiendo los más jóvenes, por lo que somos una veintena de primos y sobrinos los que disfrutamos de este día familiar, en que los problemas de la vida quedan aparcados unas horas, contentos de vernos y de continuar una tradición que viene de lejos. Aquí, el que falta a la cita es por motivos serios.

Pero, aunque es un día de fiesta, cada año me resulta inevitable acordarme de las personas que ya no están, que disfrutaron también en su momento de un día como hoy, que compartieron parte de nuestra vida y que viven en nuestra nostalgia. Mientras no llega el personal a la casa familiar, amplia y generosa en vivencias, revivo viejos recuerdos como una especie de homenaje personal a los ausentes, empezando por ellas, mi abuela y mi madre, que eran quienes organizaban, cocinaban, y sustentaban todo el peso de la fiesta patronal.

Mi madre, por ejemplo, antes de ir a misa y de meterse en el lío de los fogones, tenía tiempo para pasar revista a mis rodillas, orejas y flequillo. Mi abuelo, con el sombrero que solo se ponía este día, y sus zapatos relucientes, me acompañaba en la procesión y a su vez recordaba cómo él, cuando era niño, hacía el mismo trayecto religioso al lado de su madre. Mi padre estaba a otras cosas: que hubiese los hombres necesarios para portar el santo, que campanas y cohetes sincronizasen su algarabía, y que la banda de música estuviese a punto en la procesión…

Aunque las fiestas de nuestros pueblos ya no son lo que fueron -ni los músicos son los mismos, ni los cohetes estallan con el mismo estruendo, ni las campanas suenan con aquel vigor- nuestra tenaz nostalgia las mantiene vivas.

Y después de este soliloquio que más o menos se repite cada año, me quedaré en armonía conmigo mismo, dispuesto a recibir a los míos y a vivir la jornada con alegría. Como se hizo siempre en mi casa y en el pueblo. Y eso que esta fue una fiesta que tuvo que superar muchos e importantes obstáculos para salir adelante.

Porque este primer domingo de julio también lo escogieron los ingleses para celebrar la final de tenis en Wimbledon, los franceses para empezar su famoso Tour de Francia, algún año para la final del Mundial de fútbol… En ocasiones, como ocurre este año, también coincide con san Fermín… Pues ni así.

A nosotros, toda esta competencia mediática y desleal no nos preocupó. Sabíamos que nunca podría con el encanto de esta fiesta familiar, sencilla y sin aspavientos.

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