Blanco y negro

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Eso es así: para muchos de los que vinimos al mundo a mediados de los años sesenta, de la misma manera que los Magos de Oriente fueron la puerta de entrada al universo de los mitos, Mariano Haro fue la primera encarnación de lo que, por derecho propio, es una leyenda. Entre mis recuerdos más queridos (ya alguna vez lo he contado) está su participación en la final olímpica de los 10.000 metros en los Juegos de Múnich, que nosotros vimos a través de la televisión en una pantalla que naturalmente era en blanco y negro. En aquella final, en la que Haro fue cuarto pero mereció el oro, también participó Javier Álvarez Salgado, el primer atleta olímpico al que yo vi en mi vida en carne y hueso. Aunque he de reconocer que a Javier, por desgracia, ya no llegué a verlo competir, tampoco, más que por la tele. Cuando por fin lo conocí estaba entre el público de un campeonato gallego de cros. Un público que, por cierto, le seguía mostrando, por más retirado de la competición que estuviese, toda su admiración y todo su afecto. El primer atleta olímpico al que vi competir en persona -y por suerte varias veces- fue Isidoro Hornillos, el plusmarquista nacional de los 400 metros, un velocista magnífico. Les hablo hoy de deporte -de grandes corredores, del atletismo de otro tiempo...- porque a esta hora prefiero recordar un mundo que ya se ha ido. Un mundo en el que aún era posible soñar, y en el que a veces fuimos realmente felices. Porque este otro mundo nuestro, el de ahora, se va haciendo por desgracia cada vez más pequeño. Y esa es la razón por la que a algunos nos gusta tanto refugiarnos en las nieblas de la memoria. Para no perder la esperanza y, de paso, seguir existiendo.