¿No les parece?


Poder recordar aún la voz de tus muertos cuando, en medio de la noche, ves resplandecer a lo lejos, completamente iluminado -como en una Jerusalén celestial en la que todo es blanco-, el cementerio en el que descansan. Reconocerte en los ojos de quien lleva tu misma sangre. Conservar amigos que lo son de una vida entera. Tomar un café, mientras comienza el día, leyendo el periódico. Haber llegado a saber hasta qué punto era cierto que, cuando han pasado suficientes años, empiezas a ver entre las páginas del Quijote el verdadero rostro de Cervantes. Volver a emocionarte ante un pequeño río, ante un árbol, ante un sendero que ya no lleva a ninguna parte. Entender que la libertad es uno de los mayores bienes de este mundo, y que renunciar a ella sería escupir sobre el legado de quienes nos la dejaron en herencia tras haberla conquistado. Comprender que en efecto era Dios quien, en un tiempo que ya no existe, iba de puerta en puerta en diversas figuras, pobremente vestido, caminando con dificultad y con el pelo muy blanco. Saber hasta qué punto nos unen al inmenso misterio que nos rodea las palabras de escritores, memoria viva de nuestra vieja tribu, como Eugenio García Amor, Luz Pozo Garza, Basilio Losada, Miguel Carlos Vidal o Salvador García-Bodaño. Seguir escribiéndonos con los Magos de Oriente. Soñar navíos e islas y estrellas y hermosos caballos. No esperar nada, ni envidiar nada a nadie. Oír el canto del cuco. Comer, de vez en cuando, un helado.

(Eso, y algunas cosas más que esta vez habré olvidado pero que ustedes no ignoran, es lo que de verdad importa. Lo demás, ¿no les parece?, es casi todo secundario, y yo aun diría que irrelevante.)

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