De madrugada


El lunes, al otro lado del río, estuvo de cumpleaños Wenceslao Fernández Flórez. Un autor que muchos ya apenas recuerdan, a pesar de haber escrito ese maravilloso libro que es El bosque animado. Maravilloso, sí señor, y además -todo sea dicho de paso- en los múltiples sentidos del término. También, por supuesto, en el que Todorov le da a la palabra. Porque en esa novela, tan real es la Santa Compaña como el tren que va hacia A Coruña atravesando la fraga de Cecebre, y se borra por completo la frontera que separa las cosas de este mundo de las soñadas. Fernández Flórez, que nació en A Coruña en 1885 y murió en Madrid en 1964, residió en su juventud, algún tiempo, en Ferrol, donde ejerció el periodismo y donde, en una ocasión, parece ser que lo tiraron a una fuente. José María López Ramón, que también tenía en gran estima su obra, hablaba de él con frecuencia. El caso es que a este Seguro Servidor de Ustedes le gusta regresar de vez en cuando, y casi en peregrinación, a las páginas de El bosque animado. Es como volver a casa de alguna misteriosa manera, no sé si me comprenden. Me ocurre con la obra de narradores gallegos cuyos libros, de ficción o no, me han acompañado durante una vida entera (Valle, Casares, Darío Xohán Cabana, la condesa de Pardo-Bazán, Fole, Cela...); y con los versos de poetas, gallegos también, como, por citar algunos ejemplos, Manuel María, Medos Romero, Xulio López Valcárcel, Ramiro Fonte, Díaz Castro, Araguas y Crecente Vega. Hoy les escribo de madrugada, con tinta negra. Al otro lado de la ventana, el agua que baja de Sillobre, camino del mar, va buscando molinos. A lo lejos canta una lechuza, o al menos a mí me lo parece.

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De madrugada