Los tres reyes

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Esta tarde, en vísperas de su propia fiesta y haciendo gala de ese maravilloso don de la ubicuidad que les permite estar en casi todas partes al mismo tiempo, Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, Don Melchor, Don Gaspar y Don Baltasar, participarán en un sinnúmero de cabalgatas para saludar a la humanidad entera -aunque fundamentalmente a los niños- antes de iniciar, por la noche, el reparto de regalos. Unos regalos que en su gran mayoría serán juguetes. Ya el Evangelio de Mateo nos dice que cuando los Magos acudieron a Belén para adorar al Niño Dios lo hicieron siguiendo a una estrella, que fue la que les señaló el camino, y a mí no me extrañaría ni lo más mínimo que incluso hoy se siguiesen guiando por las señales del cielo. Al Niño Jesús, que acababa de nacer entre los pobres y que sonreía en un pesebre, le llevaron, como ustedes saben, oro, incienso y mirra. El oro, para reconocer en él al Rey de Reyes. El incienso, para proclamarlo Hijo de Dios. Y la mirra, para dar testimonio de cómo había venido al mundo. Aquel fue el día de la Epifanía, la primera vez que Dios, a través del nacimiento de su hijo, se manifestó ante todas las gentes que pueblan la tierra. Tuve en mi niñez, como muchos de ustedes, el honor de ver a los Reyes Magos cuando, con la luz del prodigio, habitaban los sueños. Cierro los ojos, y compruebo que aún permanece conmigo su recuerdo. Hace años que no les pido nada, aunque los quiero tanto como siempre. Pero mi bisabuela Carmen rezaba todos los días «para que a ninguén lle falte nin ónde abrigarse nin qué comer». Y yo creo que no hay, junto con la felicidad de los niños, nada más importante que eso.