En el epílogo del nuevo libro de Vari Caramés, Lugares (y conste que le llamo así, libro, a la última y bellísima publicación del fotógrafo nacido en la Puerta de Neira, porque lo cierto es que no sé muy bien cómo llamarle, ya que se trata de un objeto cuyo diseño lo sitúa por completo al margen de todo lo convencional), Miguel Fernández-Cid recuerda que el artista ferrolano suele evocar a Gonzalo Torrente Ballester para subrayar su afecto por la niebla. Por esa niebla que «desrealiza» lo que los ojos ven. Estoy convencido de que en este tiempo nuevo que habitamos, un tiempo en el que cada día llegan hasta nosotros un sinnúmero de imágenes que en su mayoría olvidaremos de inmediato, el papel que le corresponde a la mejor fotografía ya no es detener las horas y mirar el mundo por nosotros, sino desvelar el alma de lo que la cámara tiene ante sí. «Para ver, hay que comprender», le escuché decir un día al gran Sebastiao Salgado, pero últimamente ya no estoy tan convencido de eso como estaba antes. Buena parte de lo que nos hace mejores personas habita, más allá de toda evidencia, en el inmenso misterio que nos rodea, en los territorios de lo inaprensible y de lo inexplicable. Si con la realidad bastase, el hombre no soñaría. Y la fotografía, como todas las demás artes, también puede dar testimonio de lo soñado, que es una forma de la verdad que está un poco emparentada con la poesía. Fotografiar con viejas cámaras de película, al igual que escribir con pluma estilográfica -dibujando las palabras sobre el papel-, es una luminosa manera de habitar los recuerdos del futuro. Cosa que sabe muy bien Vari Caramés, como también Torrente Ballester sabía.