Ortografía


Ferrol

Estos días los periódicos se ocupan de un tema muy importante, al que, sin embargo, nunca se le dio mayor importancia: las faltas de ortografía y errores gramaticales que se detectan en estudiantes y licenciados a la hora de utilizar el castellano. La noticia salta a los periódicos al hacerse público que, en las oposiciones de este verano para profesores de Enseñanza Secundaria y Formación Profesional, el 10 % de las plazas quedaron desiertas por las bajas calificaciones de los aspirantes, y que gran parte de esta escabechina es fruto de las faltas de ortografía y errores gramaticales de los candidatos a docentes. Como decía, el tema es muy grave, pues si quienes están llamados a enseñar a nuestros niños y jóvenes no dominan el uso del lenguaje, ¿qué podemos esperar de los que tengan la mala suerte de ser sus alumnos?

Y lo malo del asunto está en que si las faltas de ortografía y de expresión no se corrigen en la escuela Primaria y en los centros de Secundaria, se reproducirán en los ciclos superiores de Enseñanza, desastre que, por desgracia, ya está sucediendo desde hace años. Hasta el punto de que ahora son los profesores universitarios los que han dado la voz de alarma por las numerosas faltas de ortografía, de acentuación y de puntuación con que se encuentran en los exámenes de sus alumnos. Frente a este panorama hay que actuar con rotundidad, sin titubeos, también en la Universidad, pues aún hay profesores, sobre todo de materias de ciencias y tecnología, pero también de materias humanísticas, que creen que hay que pasar por alto las faltas de ortografía y de expresión siempre y cuando el contenido sea correcto. Lo cual es un craso error; ya lo advirtió hace años Fernando Lázaro Carreter: «Si la expresión es pobre, el contenido también lo es, se quiera o no». A esta situación hemos llegado por muchos caminos equivocados. Se empezó por decir que eso de la ortografía era una imposición de la RAE, y que el rigor ortográfico y gramatical tenía un tufo de autoritarismo. Y hubo una época, en los años 70 del siglo pasado, de enorme laxitud en el control y exigencia de este tema en escuelas e institutos, cuando bajar la puntuación de un examen por faltas de ortografía parecía algo así como una manía de los profesores que lo hacían. Después llega la avalancha de las distintas pantallas (desde el móvil y la tableta hasta la televisión y los videojuegos, desde la mensajería instantánea hasta las redes sociales) en donde se utilizan abreviaturas, términos coloquiales y hasta emoticonos para aludir a distintos estados de ánimo o hechos concretos. Y no hay que olvidarse de la colonización creciente del inglés (¿por qué pack, en vez de paquete, por citar un caso entre cientos?), la informática, que no ayuda con las tildes: hasta nuestra Telefónica, empresa internacional, adoptó la forma absurda de telefonica y nos recomienda un kit manos libres. Y lo que es peor de todo esto: el poco tiempo que los niños y los jóvenes, en general, dedican a la lectura. Porque, al fin y al cabo, leyendo es como visualizamos las letras, como nos fijamos las palabras en la memoria, como aprendemos sin mayor esfuerzo la construcción correcta de una frase, capaz de reflejar exactamente lo que se quiere decir. Porque escribir y hablar bien sirven para expresar mejor las ideas. No es un capricho de los gramáticos. Es una obligación que tenemos todos los ciudadanos para entendernos mejor.

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