El mes de octubre, el mes en que se asienta el otoño, fue desde siempre un tiempo que invita a la melancolía. Así lo entendieron los poetas que dejaron versos excelentes sobre este sentimiento, que fluctúa entre lo doloroso y lo satisfactorio. Hoy me da la impresión de que la gente no tiene ni tiempo ni necesidad de dejarse llevar por la melancolía. Cuando alguien siente una rareza en su estado de ánimo, que pudiera tener algo que ver con una nostalgia melancólica indefinida, acude al psicólogo y este le diagnostica un trastorno obsesivo compulsivo. Vamos sustituyendo los matices de los sentimientos por los cuadros clínicos convencionales. Por eso yo hoy quiero reivindicar la melancolía otoñal, que en mi caso empieza ya a mediados de septiembre, que es cuando cumplo años. Y es que cuantos más cumplo, más recuerdo los anteriores. Y nunca sé si alegrarme por cumplir uno más o si preocuparme porque me queda uno menos… Debe de ser algo parecido a lo que sentía Pessoa al contemplar la vieja Lisboa, sus atardeceres otoñales a orillas del Tajo, y que le llevó a escribir aquello de que «todo mi futuro está en mi pasado».
En septiembre, en mis cumpleaños, me acuerdo de celebraciones antiguas, por muy sencillas y humildes que fueran. Recuerdo que mi padre siempre se esforzaba por tener algún detalle conmigo ese día. Cuando cumplí diez, me llevó a conocer A Coruña, aprovechando el viaje de un pariente que tenía coche y que tenía que ir ese día a la ciudad. Mi padre siempre hablaba maravillas de A Coruña. Había hecho el servicio militar allí (¡cuatro años!) y la recordaba con ese punto de idealismo que dan los recuerdos de juventud. Ya los dos solos, me llevó al viejo cuartel, a la torre de Hércules, a la playa del Orzán donde, en verano, se bañaba con sus amigos cuando tenían el día libre, al estadio de Riazor donde jugaba el Deportivo… A mí me gustaba más ver a mi padre contento, tratando de explicarme todo lo que íbamos viendo, que la propia ciudad, que me desbordaba con tantas casas y tanta gente, acostumbrado como estaba yo a las dos calles en cruz sobre las que se organizaba mi pueblo. Le hacía ilusión regalarme el descubrimiento de lo que para él había significado tanto. Me llevó a comer a un restaurante familiar, que él conocía de entonces. Un sitio antiguo, pero limpio, con manteles de tela muy blanca. Y aún recuerdo hoy lo rica que estaba aquella merluza a la gallega que comimos con hambre y con alegría. Al regreso, paramos en Sigüeiro. Quería ver a un amigo que había hecho en la mili, Rufino, del que me había hablado muchas veces. Quería que me conociese. Hacía más de doce años que no se veían, y me quedó grabado aquel abrazo entrañable que se dieron dos hombres sencillos, con lágrimas en los ojos y casi sin poder pronunciar una sola palabra.
Muchos septiembres más tarde, cuando yo tuve mi propio coche, volvimos a repetir el viaje a Coruña, ahora acompañados por mi madre. Quería yo agradecerle de esta manera la felicidad que sintió aquel niño que, de la mano de su padre, recorrió un día esta ciudad. Volvió a vivir aquella euforia, tan inusual en él. Ahora era a mi madre a quien le explicaba detalles y recuerdos. De regreso, hicimos la parada en Sigüeiro y allí, sin pretenderlo, pero ufano, presumió de hijo ante su amigo. No hubo más viajes: unos meses más tarde se lo llevó una enfermedad fulminante. Por eso, para rellenar huecos, nos queda la melancolía…