El museo


La memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza». Empezaba a releer El túnel, que Sabato editó en 1948 pero no había llegado a mí hasta treinta años después -en qué momento y en qué lugar de ese museo de la vergüenza habré extraviado mi hábito de fechar los libros-, cuando el petardeo de un quad quebró el hechizo que empezaba a tejer protegido del sol de la tarde por la magnolia. Tal vez por despecho, al verme expulsado del promisorio ensalmo de la lectura plácida y los recuerdos, di en pensar que los quads son unos artefactos idóneos para consolar a jóvenes escasos de testosterona que se saben incapaces de sujetar entre las piernas una briosa motocicleta de trial o enduro y con papás sobrados de recursos y buenismo para colmar los caprichos del mozalbete. Inflamado ya de malévola inquina, pensé en el manto vegetal de las dunas destrozado por estos ingenios mecánicos y sus adiposos jinetes, adolescentes o jovencitos cautivos del postureo de aventuras aparentes al manillar. Me contuve para no tocar fondo en la sala de la vegüenza del museo sabatiano: las máquinas carecen de dimensión moral, aduje para librarme de la charca biliosa en la que ya chapoteaba. Pero como el rencor es taimado y persistente, siempre acaba jodiéndonos el día: aventé la imagen de los quads, pero solo para ser sustituida por la foto de niños muertos y heridos en Yemen por misiles de Arabia Saudí que acababa de observar en el periódico y que me recordó cómo festejamos la venta de armas fabricadas en Navantia a la dictadura saudí. No sé ya si las máquinas tienen moral. Sé que hay negocios que merecen estar en el museo de la vergüenza.

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