El Museo Nacional de Antropología está celebrando, con una exposición, los cincuenta años del nacimiento de los Madelman, aquellos muñecos maravillosos que en otro tiempo solían traer los Reyes Magos, y que fueron los juguetes preferidos de una generación entera a pesar de que, al sacarlos por primera vez de sus cajas, te encontrabas con que, en contra de lo que habías imaginado -y a diferencia de lo que sucedía en los anuncios de la tele-, no se movían por sí mismos, sino que había que ayudarles. En cualquier caso, y una vez superada aquella sorpresa inicial de la que les hablo, uno tomaba conciencia enseguida de que la grandeza de los pequeños Madelman -perdón por el juego de palabras- era algo que iba mucho más allá del hecho de que se moviesen o no por sí mismos. Lo verdaderamente sustantivo era que ayudaban a soñar. Y eso es lo que hace que muchos de los que un día, por extraño que parezca, también fuimos niños, sigamos venerando hoy a los Madelman con una devoción que no todos sus seguidores confiesan, pero que Servidor de Ustedes no tiene inconveniente alguno en proclamar en voz bien alta. Ahora solo tengo uno, un explorador del desierto, que además (qué vamos a hacerle) es una réplica de los originales. Algo es algo. Pero me acuerdo mucho de mi primer Madelman, que era un explorador también, este de los hielos polares, vestido de pana verde, y que a pesar de la falta de nieve estaba en Sillobre perfectamente aclimatado. Más tarde, en mi Primera Comunión, me regalaron un buzo con escafandra, que incluso llegó a sumergirse en aguas de la Fuente de San Ramón en el tiempo de los grandes prodigios, ya tan lejano.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Ferrol

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
17 votos

La grandeza