Echando cuentas


Mi vecino Carlos (vamos a llamarle así) es un jubilado en muy buena forma, tanto física como reivindicativa. Me cuenta que estuvo el otro día en la manifestación por la subida de las pensiones. La suya es más bien baja, con problemas de fin de mes. Cree que esta sublevación de los mayores es inevitable por justa, y que no se va a atajar con unas subidas de limosna. Pero más que de derechos e injusticias, lo que quería contarme es que uno de los guardias urbanos que estaba tratando de contener dentro de un orden a los manifestantes era su hijo más joven. Curioso: el mayor, con el alboroto y los cánticos; el joven, con la autoridad de la ley. Estuvieron muy cerca, se saludaron y al final, disuelta ya la concentración, el padre plegó la pancarta, se acercó al hijo, al que hacía días que no veía, y estuvieron hablando un rato… de lo que acababan de vivir, claro. Me cuenta el vecino que su hijo le decía que el asunto no estaba fácil de solucionar; que es mucho el dinero que se va en pensiones; que el Gobierno insiste en que no hay para más; que hacen lo que pueden, pero que solo caben algunos apaños para las pagas de viudedad y para las más bajas. Somos muchos a pedir: funcionarios, policías, los de los juzgados, los de la Sanidad, equiparación con los de las Autonomías… «Y aquí me explayé», me cuenta Carlos. «Le dije que, en efecto, el erario público no se puede estirar como un chicle, ni tampoco caben demagogias baratas como algunos partidos plantean. La caja de pensiones está vacía, habrá que sacar el dinero de otro sitio, seguramente de los Presupuestos Generales, pero también se podía empezar a meter en aquella caja los millones que se han robado en España, hasta ahora impunemente. Y no sólo robado, sino que se ha derrochado dinero público sin que a nadie se le haya exigido la mínima responsabilidad. El millonario rescate de los bancos, el rescate actual de las autopistas deficitarias, los aeropuertos sin aviones… Cualquiera de los mayores que estuvimos hoy aquí, aunque, como yo, no tenga una gran formación, podría hacer una lista con nombres concretos de personas que, presuntamente, se han embolsado mucho dinero que era de todos. Ellos solos han provocado agujeros por los que se han ido miles de millones de euros. Nombres como los Pujol, Bárcenas, Urdangarín, los de la Gurtel, la Púnica, los de los EREs andaluces, y los de otras causas célebres que llenan diariamente los periódicos son conocidos por todos. Si se les obligase a devolver el dinero que se presume han robado, esa caja de las pensiones empezaría a tener algo dentro. Porque lo que hay que exigirles es que devuelvan lo robado. Nos interesa más esto que el meterlos en la cárcel. Y ya puestos a hacer caja, ¿por qué no eliminamos de una vez el Senado, con sus 260 senadores dentro, por innecesario, y por lo tanto, prescindible? EE.UU. tiene 50 senadores, uno por Estado. Alemania, 100; los países nórdicos, ninguno. Y se arreglan muy bien. Suprimiéndolo, ahorraríamos 3.500 millones al año, que es un pico. Sumado a todo lo anterior, serviría para aliviar en algo a millones de mayores que llegan mal a fin de mes porque muchos de ellos tienen que ayudar al sustento de hijos y nietos sin trabajo. Y aquí lo dejo, eh, pero sabes que podía seguir… Mi hijo, que es un bonachón, me dijo sonriendo: papá, te apruebo tus cuentas, pero tengo que ir a servir a este sistema tan extraño».

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