Mojigatos


Ferrol

Los periódicos de estos días, además de alertarnos contra los temporales de frío y nieve, dan cuenta, también, de otra tempestad en el país: el lío derivado de los choques entre la libertad de opinión, la libertad artística y el derecho al respeto a Instituciones, personas públicas y privadas, que la Constitución reconoce y el Código Penal ampara. Varios casos han puesto de relieve últimamente que no hay manera de encontrar un punto equidistante para ponernos de acuerdo en estas cuestiones básicas para la convivencia. Algo que no debe extrañarnos si nos fijamos en nuestros partidos políticos, más empeñados en ahondar sus diferencias que en fortalecer las coincidencias que todos debieran compartir en lo tocante a cuestiones importantes para el bien común. Pero sí me sorprende el tono áspero con que se habla de todo lo relacionado con la libertad de expresión. Hasta un periódico nacional de gran difusión publicó un editorial en el que tacha a la sociedad española actual de «mojigata», por su celo en reprimir aquellos actos y opiniones que el poder político y el judicial consideran atentatorios contra el orden social y la convivencia ciudadana. Y critica la dureza del Código Penal contra los delitos de odio y hostilidad.

 Pero, seguramente, una gran parte de esa sociedad «mojigata» no puede estar de acuerdo con esta forma de pensar. No se trata de imponer ningún orden moral, sino de aportar sentido común a una sociedad para que no pierda su sano juicio. Y por ello, esos «mojigatos» están en contra de que se insulte impunemente a nadie, Jefe del Estado incluido, o cualquier autoridad civil, militar o religiosa (de cualquier confesión); en contra, también, de que se puedan quemar banderas, pitar himnos, aplaudir a etarras como si fuesen héroes, o de que se desee que violen «en manada» a una dirigente política… Y esa sociedad tampoco puede aceptar que un cantautor, amparándose en que lo suyo pertenece al sagrado terreno artístico, insulte con sus canciones a quien se le ocurra, del Rey para abajo. Porque el arte, cuando se utiliza para injuriar, atentar contra el honor de las personas o avivar el odio, está cometiendo un delito, sea quien sea el artista. El arte puede ser provocativo, pero no insultante. A veces, por la abundancia de estos casos, se cometen errores, como retirar de Arco el cuadro de los «presos políticos», pues fue facilitar propaganda gratuita a un supuesto objeto artístico, cuyo valor estético era nulo.

Lo peor de toda esta enorme confusión, en la que todo vale y en la que se respeta muy poco, es el mal ejemplo que estamos dando a nuestros jóvenes que están en escuelas e institutos. Estos adolescentes necesitan normas de conducta y de respeto, y debemos ser los mayores quienes se los enseñemos con nuestro ejemplo. Solo así aprenderán ellos a respetarse entre sí y a vivir civilizadamente en sociedad. Querer que impere el sentido común en nuestras relaciones sociales y políticas, desear que nuestras obras y palabras se enmarquen en el buen gusto y la buena educación, y si no fuera así, que se aplique el Código Penal en los términos que señala la ley, no nos convierte en «mojigatos», sino en personas que valoran el respeto entre la gente con la que conviven, sean cuales sean sus creencias y su ideología. Yo diría que esa sociedad a la que se refería el citado editorial lo único que anhela es vivir respetablemente y en paz.

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