Sonidos lejanos


Ferrol

Estoy viendo cómo llueve generosamente después de tanto hacerse de rogar. Y me agrada el ruido que hace la lluvia contra los cristales de la habitación donde trabajo. La ventana repite esa cadencia monótona del agua que choca con su superficie: es el sonido ancestral de la lluvia que siempre hemos escuchado. La máxima ilusión de un amigo de la infancia, cuando salíamos de la escuela y llovía, era encerrarse en la cabina de un camión viejo aparcado a la puerta del taller de su padre y escuchar el ruido monótono del agua repiqueteando sobre la chapa metálica. No había para él placer infantil mayor que aquel sonido monótono de la lluvia tenaz y constante. Me acuerdo de aquel amigo porque a mí me pasa algo parecido: disfruto oyendo el ruido del agua contra los cristales en una mañana como esta, fría, invernal, en el raro silencio de la casa a estas horas, sin ninguna obligación que me esté esperando…

 De sonidos y de voces de otros tiempos sabemos mucho los de mi generación. Quienes nacimos en un mundo que ya se ha ido, que la irrespetuosa modernidad ha clausurado para siempre, hemos guardado con celo en la memoria los ruidos familiares que formaban parte de nuestro mundo diario (lo mismo que recordamos imágenes que hoy parecen sacadas de la Edad media). Alguna vez he hablado de esto con mis hijos, criados ya en la vorágine de los auriculares y el sonido digital, y me doy cuenta de que para ellos todo este asunto de los viejos sonidos está a medio camino entre la literatura romántica y la historia del pleistoceno. Y me queda la sensación de que los de mi edad empezamos a ser una especie de desterrados en el tiempo; como dice Antonio Muñoz Molina: «unos testigos obligatorios y casi únicos de cosas que nadie más puede saber ni contar». Los que nacieron en una ciudad, son capaces de recordar con total fidelidad la voz familiar del sereno en la calle solitaria, entrada la madrugada. O el chifle de los afiladores cuando anunciaban con su rueda su disposición a afilar «cuchillos, navajas, tijeras…» O el sonido concreto del llamador de hierro de su casa y de las de sus amigos, cada uno con su eco propio, retumbando en el zaguán y subiendo por las escaleras. Y para los que nos hemos criado en pueblos más pequeños, el muestrario de voces y sonidos que recordamos es enorme, inversamente proporcional al tamaño de la población en la que vivíamos. Desde las campanas de la iglesia, que adaptaban un tono festivo o lúgubre según fuera el motivo por el que repicaban, hasta el martilleo rítmico del carpintero arreglando un tejado vecino, o el golpeo tenaz del cantero cincelando la piedra de un muro en construcción, o el ladrido de un perro aburrido en la monotonía de la tarde…

Y lo que recordamos todos, unos y otros, en aquellas tardes invernales en casa, es la voz de los locutores de la radio (ese invento extraordinario que estaba llegando a nuestros hogares), que desde una esquina de la cocina o del comedor, nos entretenían con relatos de folletines novelescos, siempre llenos de peripecias y aventuras sorprendentes, y que llenaban la sencillez de una vida poco dada a grandes novedades.

Y seguro que todos recordamos con nostalgia el encanto de las misteriosas canciones que cantaban las niñas en la calle, las tardes de los domingos, mientras jugaban saltando a la cuerda, y que solo muchos años más tarde yo supe que eran viejos romances.

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