El albergue Pardo de Atín de Caranza acoge durante estas fiestas a casi cuarenta personas sin hogar
26 dic 2017 . Actualizado a las 21:00 h.Julio Mallada tiene 47 años, un pasado con una relación estable y un buen trabajo y un presente gris que nunca en su vida se podría haber imaginado. «Dicen que cuando el dinero sale por la puerta, el amor salta por la ventana y algo así es lo que me ocurrió a mí», cuenta tras explicar que se quedó sin hogar en el año 2013, a raíz de su separación y de la pérdida del empleo que tenía en Mallorca en una funeraria.
De eso hace ya casi cinco años y, desde entonces, este asturiano ha peregrinado por albergues para personas sin hogar de diferentes ciudades del norte de España, entre ellos el Pardo de Atín de Caranza, donde lleva ya varios meses. «Esta no es mi casa, pero al menos aquí me siento a gusto y arropado, sobre todo en fechas como estas, que para mí son muy deprimentes», cuenta Julio al tiempo que asegura que detesta «la hipocresía de la Navidad» y esa sensación de «tener que llevarse bien por obligación una semana al año».
Habla de estas fechas con aparente indiferencia y frialdad, pero casi sin darse cuenta deja entrever la tristeza que le provoca el hecho de no poder pasar las fiestas en Asturias junto a su hermano, la única familia que le queda. «Antes pasábamos juntos las Navidades, pero la relación se rompió, más por culpa mía que por la suya, y yo no quiero ser un estorbo para ellos», cuenta con tristeza.
A pesar de todo ese trasfondo, Julio se esfuerza por pasar lo mejor posible estas fiestas junto a sus compañeros del albergue Pardo de Atín, donde estos días encuentran refugio casi cuarenta personas sin hogar. Allí acaban de festejar la Nochebuena y la Navidad con una cena especial, como también especial será el menú de Nochevieja. «Aquí se nos trata muy bien y la madre Sor Amparo es un solete: hace poco me rompí el menisco y me tuvieron que operar aquí mismo, en el Hospital General, y ella estuvo cuidándome y no se despegó de mí ni un minuto», cuenta sin ahorrar halagos para una de las dos religiosas de las Siervas de Jesús que comandan el albergue de la Fundación Santo Hospital de Caridad junto a la trabajadora social Helena Insua.
Julio tampoco escatima buenas palabras para sus compañeros del Pardo de Atín: «Aquí hay gente muy válida y muy preparada, personas que lo tenían todo pero que por avatares de la vida se quedaron en la calle».
Sus palabras son corroboradas después por Helena Insua, quien asegura que entre los usuarios del refugio hay temporeros que solo tienen trabajo durante algunas épocas del año, inmigrantes sin recursos, personas castigadas por la adicción a las drogas o alguna enfermedad mental, pero también licenciados y profesionales que en su día conocieron las mieles del éxito laboral. «Algunos tuvieron un pasado mejor que otros, pero todos llevan a cuestas una mochila de problemas diversos y de ruptura con la familia, que fueron los que los llevaron a estar en la calle», explica la trabajadora social.
A ojos de Sor Amparo, que lleva ya quince años de su vida volcada con el albergue, todos los usuarios son iguales, sin distinciones de ningún tipo. «Para mí son como mis hijos y a todos los trato con cariño y respeto», dice con una sonrisa.
De ello da buena fe Julio, quien, como muchos de sus compañeros, solo aspira a encontrar un trabajo para poder volver a llevar una vida «normal». «En esta zona llegué a mandar 65 currículos a funerarias y otras empresas, pero nadie me llama. Prefieren a un joven de 20 años sin experiencia que a un señor de 47 años que sí la tiene», dice resignado.
Y, antes de la despedida, hace un llamamiento a la sociedad, a la que reclama una mayor empatía con las personas sin hogar. «Hay gente que nos comprende, que es capaz de ponerse en nuestra piel, pero también hay otras personas que nos culpabilizan de la situación en la que estamos o para las que simplemente somos invisibles».
EN CIFRAS
42. Son las plazas de las que dispone el albergue. El viernes pasado había 37 camas ocupadas, 36 por hombres y solo una por una mujer.
80%. La ocupación del refugio ha descendido en los últimos años. En este 2017, la ocupación media ha sido del 80 %.
426.Es el número de usuarios a los que ha atendido el refugio este año. Algunos permanecen en el albergue unos pocos días, mientras que hay otros con estancias de varios meses.
337.De los 426 usuarios de este año, 337 fueron españoles. En cantidad les siguen portugueses, marroquíes, húngaros, rumanos y checos.