Navidad


Cada año la carrera se hace más duradera y prolongada, más empinada y accidentada, y, para colmo, empieza más pronto. Así, nada tiene de extraño que, cada año también, la sensación de asfixia me acometa antes, desde luego mucho antes de alcanzar a ver el final del trayecto impuesto. Me queda el triste consuelo que da la íntima convicción de haber emprendido la marcha cargado de las mejores intenciones, pero esa certeza no compensa la desazón de ver cómo se van desprendiendo por el camino: su peso se va haciendo progresivamente más insoportable. Por esa razón, por si acaso no alcanzo el final y quedo exhausto a medio camino, me apresuro a desearles felices fiestas. Tal vez tenga razón mi tocayo Giuseppe Tomasi di Lampedusa y llegados a cierta edad, cada día traiga puntualmente una pena, pero sospecho que las celebraciones navideñas se dilatan con el paso del tiempo: este año son más prolongadas que el anterior, y así sucesivamente, quiero decir retrospectivamente a la inversa; ustedes me entienden. Ya no recuerdo cuando empecé a detectar papanoeles trepadores, pero puedo asegurar que en esta ocasión muchos persistirán en su empeño, haga frío o calor, llueve o relampaguee, cuando nos toquen las torrijas, los freixós y las cachuchas con grelos. Estos peluches blancos y rojos con gorros de pompón son solo un síntoma, pero a su socaire cursa la patología empalagosa del buenismo tontorrón, y, por desgracia, no lo hace en silencio y con discreción. Al contrario: con lucerío (vaya, el PP ferrolano ya dio su pellizco de monja al respecto) y altavoces. Por eso, antes de perecer consumido y exánime, les anticipo mis mejores y adocenados deseos. Uf.

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