Cualquiera que haya mirado cara a cara al alzhéimer sabe lo frustrante que es no encontrar respuestas en los ojos que tenemos en frente. Padecen este fracaso los familiares, que se enfrentan a la dureza de haber desaparecido de la memoria de los enfermos, de dejar de ser lo que algún día fueron para ellos. Tienen que rendirse a la resignación, lidiando al mismo tiempo con el deterioro de unos seres queridos que se encuentran en la última estación de su viaje vital.
Pero también saben de todas las patologías asociadas a la vejez, de la fragilidad de nuestros mayores, los profesionales que los atienden. En las residencias y en los centros de día se enfrentan a un día a día laboral duro, en el que abstraerse de las emociones a veces es arduo complicado. Hacen frente a un trabajo con una carga física importante, pues deben mover a personas con altos grados de dependencia, y acompañan a los internos en sus miedos, tratando de paliar sus males, y también a sus familiares en el camino de la aceptación de enfermedades degenerativas. Como el resto de profesionales sanitarios, no han sido ajenos a los recortes económicos de los últimos años, sin que ello supusiera una merma en su compromiso.
Depositarios del cuidado de nuestros mayores, les presuponemos su atención con mimo y profesionalidad, pero no siempre es posible constatarlo. Tampoco debería ser excepcional que una plantilla entera de un centro demuestre ese buen hacer, habitualmente con una sonrisa, como lo han hecho estos últimos años en Laraxe con mi abuela Lola. Hoy les devolvemos ese cariño, ya que ella no podrá volver a hacerlo.