Y en Caaveiro...


En contra de mi costumbre, esta columna, que tiene algo de página de un dietario -pero que sobre todo es, o quiere ser, cada semana, como una carta dirigida a todos ustedes-, no la escribo hoy a la hora del café, sobre una vieja mesa de mármol, sino en medio de la noche, ya de madrugada. Al pie de una ventana que me separa de la oscuridad y cuyos cristales, poco a poco, se van llenando de esas mariposas nocturnas de las que en mi niñez se decía, seguramente con razón, que eran recados del otro mundo: la frágil pero innegable evidencia, una revelación alada, de que al otro lado del río también hay quien nos quiere y quien -vamos a suponer que sin prisa- nos está esperando. La noche y su silencio ayudan mucho a ver un poco más lejos, como ustedes bien saben. Y para ver más lejos no hay, qué duda cabe, como prestarle mayor atención a lo que está a nuestro lado. El caso es que a mí ahora, en este preciso instante, me ha dado por pensar que tal vez las mariposas de la noche que se pegan al cristal mientras escribo vengan de Caaveiro, del corazón de las Fragas del Eume, donde es muy probable que, aprovechando la tranquilidad de la madrugada, se hayan congregado las ánimas de algunos de los monjes benedictinos y de los canónigos de la regla de San Agustín que, en distintos siglos, habitaron aquel lugar, sin duda uno de los más bellos del mundo. Hasta es posible que por allí anden también, y no necesariamente penando, las sombras de algunos de los caballeros que eligieron aquel lugar para enterrarse. Quién sabe. En cualquier caso, lo indudable es que las mariposas de la noche quieren entrar. Y decirme algo. Voy a abrirles la ventana, para que pasen.

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