Pandemia lingüística


Ferrol

Se acaba el curso, y para mí es como si se acabase el año. Desde la escuela, por estas fechas se terminaba un trabajo de nueve meses y entrábamos en el oasis de libertad que eran las vacaciones. Pero antes de empezar a disfrutarlas, un tío cura siempre me sometía a una especie de reválida para comprobar lo que había aprendido en ese curso. La prueba empezaba con un dictado y seguía con cuentas, nombres de ríos, montes y episodios de la historia sagrada. Ponía un celo especial en la ortografía, con una metodología muy curiosa: «Esa pólbora, escrita así, no estallará nunca», me decía. O «nadie te absolberá con esa be mal puesta». Después siempre mantuve una especie de evaluación personal para ver lo que había aprendido ese año o para valorar las experiencias vividas. Y ya como docente, me interesaron los cursos de verano en plan de reciclaje o puesta al día en determinados conocimientos.

 Quizá por esta inercia, estos días asistí a un acto académico en el que intervenían distintas autoridades universitarias. Y me quedé sorprendido de que la epidemia lingüística del «todos y todas» haya infectado también estas prestigiosas tribunas. Desde que el lendakari Ibarreche acuñó lo de «vascos y vascas», nuestros políticos se dejaron seducir por ese juego dual, gramaticalmente innecesario y redundante.

Me refiero a ese reiterativo uso de «compañeros y compañeras», «todos y todas», que les debe de parecer muy moderno y, sobre todo, muy democrático. Se han olvidado, si es que alguna vez lo han sabido, de que las palabras no tienen sexo, sino simplemente género gramatical. Y de que el lenguaje, además, tiene una regla clásica, muy anterior a la invención del telegrama, WhatsApp y sms, que es la economía. Se trata de decir lo necesario para entendernos, con el menor número de palabras. Por ejemplo, cuando decimos «tardó cinco días en llegar», damos por supuesto que se incluyen también sus cinco noches. Y por la misma norma, cuando alguien le pregunta a un amigo cómo están sus hijos, se entiende que también le está preguntando por sus hijas. No hay nada discriminatorio en la pregunta, pero sí habría mucho de ridículo si introdujese el matiz de moda y le preguntase por «tus hijos y tus hijas». La doble forma es artificial y, por lo tanto, innecesaria. En las lenguas románicas -el castellano y el gallego lo son- el masculino es el género no marcado, es decir, que abarca a individuos de los dos sexos, tanto seres humanos como animales. Porque cuando uno dice que «el perro es el mejor amigo del hombre», incluye también a las perras, claro. Y cuando los sindicatos dicen que «el nivel de vida de los españoles ha bajado», sería absurdo añadir «y de las españolas».

Hay que evitar aquellos casos concretos en que el lenguaje es sexista, que los hay. Pero, no perdamos el sentido común que la norma gramatical ha establecido desde siempre. Que lo hagan los políticos, tiene su gravedad ya que es mucha la gente que los escucha; pero, al fin y al cabo, no deja de ser otra prueba de que el lenguaje que ellos emplean cada vez se aleja más del que habla el común de los ciudadanos.

Pero que esta epidemia lingüística haya contagiado ya a catedráticos y rectores universitarios, como los que me tocó escuchar en ese acto al que me refiero, es un signo alarmante de que la epidemia se ha convertido ya en pandemia. ¡Qué diría mi tío el cura!

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