Con las hilachas del último sueño que persistían con obstinación en la vigilia, logró trenzar la original y disparatada fabulación onírica. Era el único modo de exorcizarla. Su inconsciente había urdido, aprovechando el decaimiento del sentido de la realidad propio del sopor, la eventualidad de que un médico del Sergas aceptaba propinas de sus pacientes. La ficción revestía tal verismo que, lejos de desvanecerse, perseveraba inalterable. Los enfermos llegaban a la consulta, en un centro de salud de una población turística de Ferrolterra, un local neutro e impersonal, y mientras desgranaban sus cuitas ante el facultativo deslizaban sobre la mesa, entre temerosos y abochornados, ora un billete de cinco euros, ora unas monedas, que el galeno introducía al desgaire en la faltriquera. Los dolientes eran, por lo general, pensionistas de la agraria, jubilados no contributivos, viudas, en fin, gente sencilla y de limitados recursos que tenían la convicción de que así serían mejor atendidos. El sueño, claro, no era muy preciso en todos y cada uno de los detalles, de modo que aunque se esforzó en hurgar en algunos aspectos, no logró avances relevantes (si llevaba la bata blanca puesta, qué hacía con el subrepticio aguinaldo, si era joven o a punto de jubilarse, si los dolientes se sentían más aliviados, en fin). El absurdo dejó sin respuesta si esos ancianos recompensaban al cartero que les llevaba la correspondencia, al policía local que les informaba del catastro, a los socorristas que vigilaban la playa o a los peones camineros que bacheaban las pistas. Qué fabuloso misterio, los sueños. Pero cuando despertó, el médico todavía seguía allí.