Uno de los serios problemas que tenemos los españoles es que todavía la emoción sigue derrotando a la razón. A un político con retórica sentimental le importan poco las matemáticas, los programas o lo que digan de él los medios de comunicación. Se ha creado un logro propagandístico que le gusta al populismo y con ellos al fin del mundo.
Lo de crear ideas para mejorar la vida de la gente es cosa de otros. Y lo estamos viendo en estos días de campaña electoral con una oratoria llena de brío y persuasión aunque vaya cargada de mentiras y con tal de que ponga a parir a los adversarios, funciona. Y a la hora de votar los electores lo tienen más fácil para coger la papeleta.
También estamos viendo como los candidatos vienen repitiendo todos: «Tenemos los gallegos que decidir los destinos de nuestro pueblo». Suena a perogrullo, pero bien, y no deja de ser otra apelación a los sentimientos.
Y sin embargo un político aporta argumentos con datos sobre la corrupción o las malas compañías y no cambian los sentimientos a pesar de que la corrupción es el segundo problema grave que tiene este país, en el que conformamos una democracia enferma.
Y desgraciadamente no ocurre solo aquí. En una ocasión estuve en Argentina visitando un local de paisanos gallegos y me enseñaron un póster con el general Perón. Y el texto decía: «Vota a Perón aunque sea un ladrón». Y sacó mayoría absoluta. Como vemos, el sentimientolandia tiene muchísimos adeptos y casi no paga la pena que los partidos gasten su energías en elaborar programas. Si los gestos y el gracejo popular y la banalidad fantasiosa barren los argumentos serios arropados con datos.
En esta situación la lógica política está rota, o de momento tiene la brújula averiada. Y no será fácil repararla con estas elecciones autonómicas mientras no se resuelva este puzle nacional.
Lo de crear ideas para mejorar la vida de la gente es cosa de otros