En todo este lío político en el que estamos, oímos hablar de programas, de pactos, de incompatibilidades, de líneas rojas, de incompetencias, de traiciones, de todo tipo de cuestiones insustanciales? Pero a nadie le hemos oído hablar de lo que su partido pretende hacer con la Educación si llega a gobernar. Bueno, sabemos que los socialistas derogarían la Lomce, pero desconocemos cuál sería la alternativa. Así que, uno de los mayores problemas que tenemos en estos momentos en España, no solo no está resuelto, sino que parece no preocupar a nadie. Pues habría que recordarles que estamos jugando con el futuro de nuestros jóvenes y, por lo tanto, con el futuro de este país. En España, en lo que a la enseñanza se refiere, nos movemos en un terreno minado por la confusión y los prejuicios políticos. Y creo que todo procede de nuestro eterno papanatismo ante lo nuevo que viene de fuera, la facilidad con que lo acogemos. También, a nuestro miedo a que nos acusen de mantener la Escuela autoritaria de la época de la dictadura. Los complejos no son buenos consejeros. Por eso los políticos no se atreven a entrar de forma valiente y honesta en el proyecto de ofrecer una ley de Educación sin prejuicios ideológicos, que sirva para que los centros de Enseñanza preparen eficazmente a nuestros jóvenes. Y no se atreven, además, porque entre los pedagogos que diseñan los Planes educativos, los profesores de las Facultades de Educación y los profesores que tienen que impartir la Enseñanza Secundaria en colegios e institutos, no se ha llegado a acuerdos convincentes y satisfactorios para todos. Todo el mundo sabe ya que no se puede aplicar aquello de la letra con sangre entra, que conocieron nuestros padres. Pero no todos están de acuerdo en que la enseñanza tenga que ser algo lúdico y divertido; en que se aprende jugando, y en que la memorización de fechas, datos y conceptos ha pasado a mejor vida. Hoy se puede decir que hay una guerra abierta entre los pedagogos, que anuncian una educación del siglo XXI, con estrategias y metodologías que hablan de «motivación», «creatividad», «integración», «originalidad», «empatía»; y los antipedagogos, que defienden a capa y espada el «esfuerzo», el «mérito», la «autoridad», la «disciplina», la «exigencia», la «memoria», la «evaluación»... Creo que en este debate hay que pedir consejo a los profesores de Secundaria, de cuya experiencia hay que fiarse. Sin ir más lejos, los de mi quinta hemos pasado por un bachillerato en el que se estudiaba Hª de España, Latín, Literatura, Geografía, Hª del Arte, Filosofía, Geografía, entre otras materias, que nos proporcionaron unos conocimientos y unas inquietudes muy aprovechables. Cuando empezamos nuestra carrera docente, todavía se mantenía en la ley educativa del momento (LGE) ese espíritu humanista, aunque empezaban a aparecer innovaciones poco afortunadas. Desde 1970, siete leyes se han sucedido con poca fortuna. Las dos últimas, la Logse y la Lomce, especialmente, porque nos han distraído con un lenguaje vacío, una jerga pseudocientífica que ha desplazado al conocimiento. Y en esas estamos. Para partir de algo sólido, les recordaría a los expertos -pedagogos y políticos- que aprender cualquier cosa no es fácil, exige esfuerzo. Si todos, de forma natural, tuviésemos pasión por aprender, la Enseñanza no sería obligatoria.