En los primeros años setenta del pasado siglo, se registró en el pabellón que alojaba a uno de los escuadrones del regimiento de caballería acantonado en Ceuta una situación desasosegante. Especialmente para los reclutas residentes en el acuartelamiento, pues los mandos y los pernoctas caballas dormían en sus casas. Cada mañana, decenas de soldados se levantaban con urticantes puntos rojos sobre su piel en el cuello, hombros y parte alta de la espalda principalmente. Cuando el fenómeno se generalizó en todo el barracón y la irritación de la soldadesca se hizo insostenible, el mando de la unidad accedió a considerar el asunto. El diagnóstico era sencillo: las literas estaban infestadas de chinches. Primero, se sacaron las mantas al patio y se rociaron literalmente de apestoso insecticida. Insuficiente. Posteriormente, se repasaron con la llama de sopletes uno por uno todos los jergones metálicos. Atenuado, el problema todavía persistía. Por último, se procedió a sellar puertas y ventanas de la nave y a incinerar abundante azufre en su interior. Durante unos días, los soldados durmieron entre el picante olor del zetazeta que invadía las pituitarias, el agrio resto del sulfuro que bloqueaba los pulmones y el punto dulzón a chamusquina de la carne quemada de los insectos. Un malestar que se fue disipando. Las chinches habían desaparecido. Para lograrlo no fue necesario disolver el escuadrón antitanques, ni siquiera refundarlo, para qué hablar de organizar un congreso extraordinario o de organizar una gran parada antichinches, ni redactar una nueva ley antiparasitaria. Tal vez a alguien le sirva de algo esta historia de la mili.